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Poema que se me cae de la boca

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despacio

sin apuro

no nos deja

no es el último, amor, no es el último

ni el último beso
ni el último poema.

Último poema para esta época

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Quisiera ordenar
todas las palabras
de mundo, futuro, sarcasmo;
de tumbas, flagelo, corrupción;
de mi suavidad, de tu suavidad,
y de ambas
deslizadas en las ruinas.
Quisiera ordenar
mas las palabras me aplacan.
¿En qué momento me vuelvo
doncella
deslumbrada
despertada
desvelada?
¿Con cuál sentido
si es mera mentira
o media verdad
destrozada en mi escritura?
¿O será el punto nirvana
tras las puertas que me abriste?
Silencio. Pronto silencio.
Desposeída de secretos ya.
A otro vagar
y buscar
y completar mi lengua,
como una mujer
inconcebible de un límite
para abrir los ojos
(¿será cierto?)
o quizás aún
como la pequeña
de pies enredados
que no desea perturbar
el sueño de un ángel.


A Cristian, quien llenó mis poros de túbulos para aspirar poesía.

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Si nos recordamos
mágicamente admirables
al bambolearnos
en un vestido,
¿no es belleza
retraer el rostro
tras un manto de cabello
bajo el calor solar,
bajo el color solar?
Por eso
trato de escribir.

saciedad

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no vasta
el doliente
bello cielo
moreteado

no por la caldera
es mi delirio
sino por apañar
candela riesgosa

un oasis conurbano
ideado regateado
en cobardía

mas me fugo
y vos?

aún estás
para verme llegar?

allí
el vino frío
trayecto curvo
cursando mi espalda

allí, sí,
estás
sonrisa templada ojos buenos
vertiéndome

allí
mi torso encallado

y
ahora
regresando
concluyo

no hay remedio

el mar ha de arrastrarme
a las orillas
de tus sábanas

Disgusto

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No quiero escucharlos,
mediocres.
¡Soy noche!
¿Comprenden?
Como para no fruncir el cejo
con este sol insoportable.

Decires

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I

DECIRTE:
antepongo mi latencia
a tu naufragio;
me asumo, con egoísmo,
temática de tu praxis;
instigo mi voluntad
asentándote sumiso;
sublimo cada contacto
a incitarte de abstinencia;
pretendo beberte níveo
a cambio de desmemoria;
¿me haría dejar de ser
un tenue destello en tu rostro?


II

DECIRME:
indigna
hereje
insurrecta
promiscua
viciosa
adicta
asesina
¿haría retornar tu deseo
de compartir mi destiero?

Improvisación para el día

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calle estanque
estero fugaz.
caminamos
sobre el asfalto crujiente
que sobresale.
un día de puertas abiertas
de nubes cerradas.
pureza
limpieza
el de inhalar diluvio
gotitas en hojas verdes
y tu olor a cigarrillo.

Neblina

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Alguna vez
sea tu lecho
resguardo
de invierno y mordazas,
en una,
no más que una,
de esas noches
a la deriva.
Abnegado,
persiguiendo hilos de vidrio
con que bordar
una voz,
con que surcir
la garganta,
pulverizar el aliento,
condensar
mudos pigmentos aéreos.
Un nido
donde morar
la herida
carmín y ardiente
vagando
en la neblina.

Los vacíos

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Los vacíos (primera parte: “Consuelo”)

El desconocido se acercó y le entregó un papel. Consuelo no entendía nada.

-¿Quién es usted? ¿Qué hace acá?

-Él me pidió que te diera esto, para que lo leas. Me lo dijo todo a mí, y yo tomé nota.

-Pero… ¿ahora? ¿No ve que estoy ocupada?

-Él quiere que lo sepas.

-No me importa, tengo que…

-Leélo, no quiero soportar a ese alcohólico otra vez. Sinceramente, a mí él no me interesa, lo que más deseo es que la gente como él se muera, pero lo veo poco probable así que espero sacármelo de encima con esto. Leélo, haceme el favor.

-Increíble… Está bien, espero que sea corto.

Consuelo le arrebató el papel con prisa. Leyó: “No puedo decirme un hombre perspicaz. Cuando advertí mi inadvertencia hacia todo eso de ella que era tanto, ya mi cuarto estaba hacinado, polvoriento más que de costumbre y doliente por la ausencia de sus rastros. La utilicé. Su sexo en principio, su capacidad artística luego, la utilicé hasta económicamente, llegué a hacerla mi punto de catarsis. Una vez gastada su solidaridad, paciencia y promiscuidad me torné desesperado por redimir mi ultraje. La había vaciado y en compensación quise entregarme entero. Mas me ignoró, y no insistí.” Y continuaba: “Me retuerce el cerebro no saber si querrá quitarme una última noche para ella. De ser así, la buscaría hasta en la más minúscula rendija del planeta, para que me vacíe de toda mi vida despierta, de toda mi existencia sonámbula en una sola noche que pueda recordar.”

-¿Eso es todo?-Consuelo preguntó al desconocido-

-Sí, espero que no me mandes con ningún recado, porque no soy celestino de nadie, y quiero terminar con este tipo de una vez.

-No tengo nada que decirle, ahora por favor váyase, estaba por…

-¡Qué panza piba! Parece que se te va a salir en cualquier momento.

-Claro, ¡estaba por parir! ¡Váyase! ¡¿Siempre tiene que imponerse él antes que los demás?!

* * *

Despertó, la habían anestesiado mal, si bien no era necesario. Continuaba en la camilla, desnuda en lo absoluto, con las piernas levantadas, abiertas y atadas a los hierros con cintos, los brazos a los costados, también amarrados, ya color violeta de hematomas. Las otras se hallaban en la misma situación. La sala de parto era un pabellón largo, sin divisiones, las camillas se enfrentaban unas con otras. Consuelo observaba su entorno y le parecía estar rodeada de espejos que reflejaban cada humillante ángulo de su vulnerabilidad. Aquellos eran altares de sacrificio, con mujeres desnudas, estaqueadas, con panzas contrayéndose, suplicando respirar. La parturienta que no gritaba de dolor y desesperación, cerraba la garganta por miedo a las nalgadas, se limitaba a llorar en chilliditos. Los médicos pasaban indiferentes, inspeccionando de reojo. Las parteras mandaban allí, gozaban el apogeo de su crueldad.

-¡Si no se callan se las van a arreglar solas! ¡Nosotras sabemos bien cuándo van a tener! ¡Todavía les falta!

-Ah, pero bien que les gustó coger… ¿les gustó? ¡Ahora se la aguantan! ¡¿Por qué no gritaron antes?! ¡¿Quién les mandó a abrir las piernas?!

-¡Por putas les pasa! ¡Por putas!

La panza de Consuelo punzaba y punzaba. El dolor aumentaba, más seguido, más rápido, más prolongado. Miró a la muchachita de al lado rogando atención, y a una partera acercándosele:

-¿Y ahora qué te pasa a vos? ¿No ves que parecés una loca?

-¡Por favor, me duele mucho! ¡No aguanto más!

-Lo hubieras pensado antes, pendeja.

-Me voy a morir… me voy a morir…

-A ver, te reviso así dejás de joder.

La cincuentona mujer, en una maniobra brusca, le introdujo los dedos índice y anular profundamente en la vagina, provocando un aterrador grito en la muchachita. Por las monstruosas gesticulaciones, tanto en su rostro casi infantil como en lo que podía, por estar atado, su menudo cuerpecito, parecía que el sudor y las lágrimas le carcomían la carne.

-¡No, no, no! ¡Por favor, despacio!

-Hace veinticinco años que trabajo de esto, ¡yo sé lo que hago!

-¡Aaaaayyyy! ¡Aaaaah!

-¡Tenés seis de dilatación! ¡Dejate de joder! ¡Gritás como si tuvieras nueve!

Consuelo comenzó sentir que la panza se le desgarraba. Ya no observó más nada, si bien ahora escuchaba algunos llantos de bebés y plegarias inútiles entre tanta inhumanidad.

-Te lo ruego… mostrámelo, quiero verlo…

-Ya te lo van a traer después. ¡No molestes! ¡Te estoy cosiendo!

-Dejame ver a mi bebé…

-¡Basta! ¡Dejá de llorar! Si nadie te lo va a robar, que lo veas ahora o más tarde es lo mismo.

Consuelo ya no pudo mantener el ejercicio de respiración, el cuerpo se le iba a abrir al medio, y le brotaba de la nada una fuerza incontenible, induciéndola a pujar. Desató la garganta a las súplicas.

-¡Voy a tener! ¡Va a nacer! ¡Ayuda!

La misma partera que asistió a la muchachita de al lado se le aproximó, mientras masticaba una empanada, para regañarla, contradecirla y escupirle restos de carne.

-Terminala, estamos cenando. Estoy acá desde la una de la tarde, son las once de la noche y quiero comer tranquila.

-¡Pero va a nacer! ¡Quiero pujar!

-¡Aguantate! Vos estás de siete meses, nena. Rompiste bolsa pero no puede ser que nazca tan rápido, no hace ni media hora que estás acá.

-¡Quiere nacer! ¡Por dios se lo pido! ¡Ya no puedo!

-¡No pujes! ¡Cruzate de piernas y aguantá! Ah, no… cierto que estás atada. Bueno, tratá de no hacer fuerza. ¡Dejá de pujar te dije!

-¡Por favor…! Quiere nacer…

-¡Bah! ¡Hacé lo que quieras! No sé para qué me gasto en explicárles…

-Quiere nacer…

La partera se fue. ¿Qué sentido tenía comunicar que lo único que Consuelo necesitaba era una mano que tomara la suya o acariciara su cabeza? Resistió bastante pese a estar en ayunas, pero gastó toda la energía cósmica de su deseo de parir y de la vida implorándole en el vientre, pujo tras pujo. No salía. Y se desvaneció en el desamparo.

Cuando despertó, aún permanecía en el mismo lugar, pero el peso de su barriga había desaparecido. Extrañamente no se sentía aliviada. Ya no percibía la denigración que implicaba la desnudez forzada. Otra partera, no la última que recordaba, le higienizaba los genitales.

-¿Y mi bebé?

No le respondió, ni siquiera la miró.

-¿Mi bebé? ¿Dónde está mi bebé?

-No pudo nacer, nena.

-¿Cómo? ¿No nació? Pero… no tengo panza, no le entiendo. ¿Cómo que no nació?

-Eso pasa cuando son primerizas. No saben nada, no saben parir, y la criatura no sale. Encima te desmayaste, ¿sos media debilucha vos, no? Así, ¿cómo iba a nacer?

-¿Qué? ¡¿Qué?! ¡¿Dónde está mi bebé?!

-Pará, pará, no grités. Te estoy diciendo lo que pasó. El pibe se asfixió. Quedó con la cabeza para afuera nomás, no pudo salir entero, se asfixió. Vos también… hubieras avisado a tiempo.

-¡¿Pero qué dice?! Si yo… No puede ser… mi bebé… mi bebé… ¡¿Dónde está mi bebé?!

-¡Ya te dije! ¿Sos sorda? ¡Se murió!

-¡Pero igual! ¿Dónde está el cuerpito? ¡Quiero verlo!

-Querida, ya te vaciámos…

-¡¡Quiero ver a mi bebé!!

-¡Que ya te vaciámos! ¿No ves que estás vacía?

-¡¿Qué hicieron con mi hijo?! ¡Tráiganmelo!

-Qué sé yo, nena… estará en la basura.

-¿Qué?

-De acá fue al tacho, ya se lo deben haber llevado.

-¡Hijas de puta! ¡Era mi hijo! ¡¡Era mi hijo!!

-No, no, con insultos no, acá nadie tiene la culpa de nada. En los hospitales públicos todas se hacen las guapas, ¡andá a hacer este escándalo a un privado! Para la próxima aprendé a tener hijos.

-¡Callate hija de puta! ¡¡Quiero a mi bebé!!

-Bue, si te vas a poner así llamo a las enfermeras para que te seden. Esto es un hospital, no un loquero.

No le sirvieron de nada a Consuelo los intentos de forcejeo con las enfermeras y con las jeringas, pues continuaba atada. El sedante hizo efecto inmediatamente.

* * *

Volvió a despertar. El llanto de un bebé la asustó. Era de madrugada. Ya no estaba atada, pero le dolían las muñecas, los brazos, los tobillos, tenía las piernas entumecidas. La fiebre quemaba; los pechos le explotaban de leche, en vano. Al menos ahora la cubría un camisón. La habían alojado en la sala de maternidad. A sus costados la custodiaban dos madres meciendo a sus hijitos recién nacidos. Durante unos minutos contempló la oscuridad del cuarto. Advirtió la soledad del pasillo. Dentro de ella, Consuelo se dijo a sí misma: “No voy a ser mi propia verduga enloqueciéndome aún más acá.”

Se levantó. Salió al pasillo. Huyó del hospital. Apenas lograba caminar, y con cada movimiento un torrente de sangre se vertía entre sus piernas, empapando el camisón blanco. Fue hasta su casa. Rompió una ventana a cascotazos para entrar. Tomó el revolver guardado en el placard; ése con el que intentó suicidarse antes de saber que estaba embarazada, y del que, por suerte, no se deshizo. Buscó papel y lápiz en una caja repleta de dibujos suyos en carbonilla. Escribió una nota y la guardó en su puño. Emprendió hacia la calle otra vez. Tenía bien en claro dónde debía ir. Uno que otro vecino se asomó ante el ruido de los cascotazos, para luego retornar sin sobresaltos a la cama. Tan sólo era Consuelo, a los tumbos, armada, chorreando sangre por el camisón.

Los vacíos (segunda parte: “La última noche de ella”)

Se sirvió el séptimo vaso de whisky. En minutos, se quedaría dormido en la mesa y luego su destino dependería de algún conocido en el bar, pues a su fastidioso acompañante lo tenía allí por otros motivos.

-¿Por qué no lo bajás con algo? Estás tomando whisky puro.

-No me jodás, ni siquiera te conozco, ni siquiera sé si sos real.

-Andate a la mierda, me voy a otra mesa.

-No, no, no, quedate conmigo. Todos se van, todos me dejan, vos aunque sea quedate un rato.

-Y…fijate vos por qué todos te dejan. Siempre soberbio, desagradecido, egoísta, pisoteando a…

-Pará, pará. Me duele mucho la cabeza…

De un trago brusco vació otra vez el vaso. Miró a su acompañante, todavía estaba ahí aunque algo borroso. Miró la botella, quedaba poco whisky, y se abrazó a ella procurando no se escapara. Así por fin decidió revelar su aflicción.

-¿Me hacés un favor? ¿Me escuchás? Escuchame…

-Te escucho. Si al fin y al cabo estoy acá para eso, para eso me trajiste, toda esta situación es una excusa, tu borrachera es una excusa, sos un farsante. Sólo de este lado te podés animar a decir lo que no le contaste a nadie por no tener pelotas. Ah, cierto, si te quedaste solo, ¿a quién se lo vas a contar? Para eso estoy yo que, real o no, me conozcas o no, no tengo muchas posibilidades de escaparme.

-Si, ya sé, tenés razón… estoy cansado, escuchame…

-Dale, con suerte esta noche te morís y ya no voy a tener que soportarte. Todos éstos son iguales.

-Tomá, acá tenés papel y lápiz, escribí lo que te voy diciendo, y dáselo a ella, para que lo sepa.

-¿Pero cómo…? Ay, borracho desequilibrado. ¿De qué manera pensás que voy a poder…?

-Shhhh, shhhh, vos escribí y escuchame…

-Bueno, dale, dale, vos manejás los hilos de todo esto. El problema es que se te olvida que de tanto abuso se cortan.

Tras acurrucarse en la mesa, bien abrazadito a su botella, comenzó.

-No puedo decirme un hombre perspicaz. Cuando advertí mi inadvertencia hacia todo eso de ella que era tanto, ya mi cuarto estaba hacinado, polvoriento más que de costumbre y doliente por la ausencia de sus rastros.

-Mirá vos qué poético el ebrio…

-¡No interrumpas! Seguí escribiendo. La utilicé. Su sexo en principio, su capacidad artística luego, la utilicé hasta económicamente, llegué a hacerla mi punto de catarsis. Una vez gastada su solidaridad, paciencia y promiscuidad me torné desesperado por redimir mi ultraje. La había vaciado y en compensación quise entregarme entero. Mas me ignoró, y no insistí.

-¿Y qué esperabas? Los demás no pueden estar a disposición de tus tiempos, a mí en este momento no me queda otra pero…

-Basta, callate, ¿no entendés?

Rompió en un llanto demoledor. Los labios le temblaban, las manos le temblaban, los ojos le temblaban. Era patética la escena de verlo intentar aquietar su cuerpo esforzando su inútil motricidad; se trataba de la miserabilidad personificada.

-¡¿No entendés?!

-Bueno, calmate. Está bien, no hablo más. Hablá vos. Yo escribo todo, calmate.

Después de unos instantes, tan sólo subsistía un sollozo. Casi se quedó dormido en su penar, pero advirtió que no había terminado de confesarse.

-Si bien no lo recuerdo con exactitud, sé que nuestro último beso fue mucho antes de que ella se fuera de mi rutina. Pero de lo que no tengo registro en lo absoluto es de mi última noche de ella. Supe que se atrevió a remediar su vacío llenándose la barriga con un crío de otro hombre. Deduzco que ya no le importo.

-¡Me irrita tu incapacidad de asumir que el tiempo pasa y las cosas cambian! Disculpá, te interrumpí de nuevo.

-Pero es que me retuerce el cerebro no saber si querrá quitarme una última noche para ella.

-¿Y eso de qué te sirve?

-De ser así, la buscaría hasta en la más minúscula rendija del planeta, para que me vacíe de toda mi vida despierta, de toda mi existencia sonámbula en una sola noche que pueda recordar.

-Mirame pibe, mirame a la cara. Los dos lo sabemos muy bien. Si la encontraras, tu falta de perspicacia ignoraría la ocasión. Simularías no verla, después la saludarías al pasar, medio sorprendido, como de casualidad, sin detener el paso, continuando tu camino, para seguir buscándola. Nada más ella puede encontrarte a vos, si es que quiere.

No pudo contrariarlo, además los párpados le pesaban por demás. Dentro de él se dijo a sí mismo: “Siempre fui el creador de mis verdugos.”

-Igual, quedate tranquilo. Acá tomé nota de todo. No sé cómo, pero se lo hago llegar.

-Gracias…gracias che…

Se durmió así, abrazadito a su botella, con los ojos hinchados y la cara pegajosa. Durmió de esos diez o quince minutos interminables, en los que caben desde cientos de horas hasta cientos de años.

* * *

Un disparo lo despertó asustado. No veía nada, todo era oscuridad. No estaban ni el bar ni el whisky ni su acompañante del que no se acordaba el rostro. Se hallaba en su cuarto, acostado en su cama, desnudo, sudoroso, ardiendo en fiebre. Sintió un chiflete gélido. El vidrio de la ventana estaba roto. El disparo había sido real. Se levantó y caminó sobre los cristales sin notar que lastimaban sus pies. El terror absorbía toda su atención. Al asomarse, vió parada en el portón de su casa a una mujer deteriorada, en camisón, empuñando un arma. Ella también lo vió, y entonces se voló la cabeza. Él salió corriendo hacia la calle. La desesperación anuló la sensación impúdica de la desnudez en plena vía pública. Una vez junto a ella, pudo reconocerla.

-Consuelo, ¿qué hiciste? Mi Consuelo, ¡Consuelo!

El camisón de Consuelo continuaba ensangrentándose por el medio de sus piernas. Allí sangraba más que en el agujero del cráneo. Dentro de su puño cerrado tenía un papel. Él se lo quitó. El papel decía: “Lo único que no me habías dejado vacío fue el vientre. Pero ahora soy sólo un hueco. Como siempre, tu entendimiento llega tarde y es inoportuno. Esta noche es mía. No la vas a olvidar. Tu egoísmo se vuelva vacío.”

Ya no hubo escape alguno.

* * *

Inmutable, parado bajo el sol, en el patio del manicomio, se muerde la lengua al no poder gritar que le brota en la ingle la sangre de su hijo y de Consuelo.

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Enero te asoma.
Y a propósito,
¿sabías que pinto
con los dedos de los pies?
Tus resplandores
son como mis dibujos de agua
en el cemento estival.
Lástima
que duran tan poco.

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y
si
en cada espejo yace
otro espejo
adormecido, inalterable, imposible
entonces
vos?

C.J. Franco


¿Qué es lo que tenemos en la boca
qué miedo qué amnesia qué pudor
que se nos van los ojos
que se despoja en las manos?

Aunque me cueste la vida
nunca mis alas rotas.

N.T.

Analogía (entre lo coartado y el futuro fin de los días)

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Qué útil nos sería este fresco.
Este maduro atardecer incoloro.
Esta noche apaciguada de tanto azote.

Cómo aprovecharíamos las maravillas climáticas si…

Qué inútil se nos hace este silencio
muerto pronto en un poema.

Cruzando el campo gris

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Aires revolucionarios
en el aire,
bajo una opaca media luz.
Revolución
no es una palabra trillada
sino bastardeada
en usos burdos o ninguneantes.
Huelo.
Tierra mojada,
lluvia.
Y respiro.
Viento fresco,
advierte que mi pecho avanza.
Campo abierto,
puta madre.
En algún lugar
sé que llevo un arma,
no necesito verla
para escuchar su traqueteo,
su ansiedad de estruendo,
de humo
y tizne,
dispersándose en el gris húmedo
de esta caminata
en que respiro.

Hidra (hiedra)

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En las realidades impunes
tras insomnios y letargos
soy reincidente,
sin compasión.
Tan sólo culmino
el abuso de cualquier ventaja,
la succión de la llaga ajena,
cuando éstos ojos,
prolongados al extremo
ya son ceniza.
Horas silentes
en claroscuros
anteceden el amanecer
no despertado.
El tiempo-espacio
se sofoca de mí.
Exacerbo al instinto
hasta rabiarse.
Rabia dulce,
me mastica la boca
(será que babeo miel…)
me tajea los dedos
(pocos surcos para esta tinta…)
Va moldeando, vía luz,
la pulsión bipolar
de un alivio paciente
por agua segura
y un ardor friccionándose
en sales inciertas.
Desmiento toda honra
acuñada en los crédulos
de una falsa sequía.
¿No ves la osadía amarrada
urgida en ofrecerte buscar
el punto que supura la humedad
que se me filtra desde adentro?

Ensueño

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Ensueño, casi sueño.
Acunada por secuencias
de aceleración y freno.
Perezoso zamarreo.
Disimulo que me dejo, me dejo,
me desarmo,
me desojo,
con cada ensamblado tuyo
de cada sílaba tuya.
¿Me llevás a dormir?
Meceme en tu voz,
estoy a punto de caer en tu hombro.
NO SUSURES, QUE TE PIERDO.
Que tengo ganas de ser desnuda
para sentir mejor el verso
que empuja desde mi vientre.
Dejémoslo acá,
intuyo que no he de dormir
buscando ropa en la madrugada,
y todavía es muy temprano
para revelar zonas sensibles.

Preguntas ajenas

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¿Cuándo dejaré de ser la estúpida al pendiente de un encuentro de recuerdos en los vagones de los trenes? La que aguarda por divisar algún fantasma en las paradas al costado de la ruta. La que los sospecha de reojo al subir a los colectivos.
Locura, el haberme topado con uno al fin y no sorprenderme. Locura, mi serenidad. Locura, la ausencia del peso del tiempo. Locura, sentir brotarme una mirada nueva, no planificada, como quien contempla el rostro de un insospechado hijo perdido. Locura, sus tímidos gestos de ternura, tardíos. Locura, lo tan conocido como el proceso de respiración. Locura, de unos minutos, de pequeñas sonrisas vírgenes evocadas por dos descarnados.
¿Cuándo dejaré de ser la insensata que, tras caer en las redes del azar, olvida la obsesiva espera por las proyecciones para ir a buscar el cuerpo? La que vaticina sus errores y no hace nada para prevenirnos. La que acepta su dejarse arrastrar, con desparpajo.
Qué hastío el de entregarme a preguntas ajenas, qué hastío la cordura, hastío de una obviedad que no comprende que los viejos caminos siempre se me cruzarán.

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Cada exhalación del mundo
comprimida
en un punto.
Contraída
a un bocado.
A milésimas
de la explosión,
de la expansión,
que presupone estar despiertos
aquí y ahora.
Octubre,
que más que rojo,
dulce,
afrutillado.
Altivo en mi boca,
de labios lamientes
de sus brotes rasposos.
Áspero, áspero.
Tan carne y fruto
desgarrado en los dientes,
en su desangre delata
cada primavera.
Le mancha, de la cara al torso,
que es sexo.
La ensucia
roja, dulce, pegajosa.
Y estalla,
satisfecho,
desmemebrado,
extasiado,
comido,
en alaridos,
a corromper de insomnio
a los impuros puros.
Sí, tengo al mundo en mi boca
y lo salivo como a un caramelo.
Cómplice,
me sonrío la sonrisa
mientras relamo el regocijo
de mi descaro.

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Que te alcance un abrazo de mis piernas
en esta lluvia de primavera.

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Hoy decidí
hacerte pronunciable.
Ya no más
papel liberto.
Ya no más
a la espera de tu eco,
ni siquiera aquí.
Ha de morir
lo intangible.
Serás materia, vil materia,
y como tal,
indiferente.
Te sumergiré de los cabellos
en mi retorno rutinario
hasta ahogarte,
atragantado de vacío,
desnudo de mis silencios
tan abrigados.
A tus resecas grietas
no las rozaré
por mucho tiempo.
Así te resuelvo.
Desterrado
del secreto del aire,
de la densidad de un arte común,
e inhóspito
de absurdas verdades.
Te privo de una existencia.
Sólo admito
un vistazo de a sorbos.
Hoy decidí
que no he de volver a empaparme
de tu sed.

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Cómo hallar algo de brillo en la reiteración
cuando me he negado tanto a la redundancia.
Truncada,
en un constante retorno a vos,
no consigo el decir de lo justo y necesario
pronunciado en un hueco inadvertido
para no volver jamás.
Maldigo dormir en la misma noche,
en las mismas palabras.
Desconfiarme de madrugada
y atarme toda ante tus ojos.
Tan a merced de tu acecho involuntario,
tan presa fácil de tu esencia escrita,
tan erosionada a dispar tuyo,
tan asimilada a saberte mi refugio.
Cómo pesa una devoción traicionada.
Carente de inventiva para escapar
de estos conversadores versos
que se repiten
y te repiten.
Alguien advierte: "la poesía no es un filtro".
Habrá que romper la página
y, el uno frente al otro,
decantarnos el cuerpo.