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-Ahora vas a ver... ¡Yo soy el jefe! Esta es mi botellita loca
Los dos bajamos las escaleras que estaban desiertas de adictos, caminamos unos metros a la derecha y llegamos al cajero automático.
Federico cruzó por el vidrio roto resbalando un poco con las astillas de gran tamaño; estaban durmiendo cuatro pibes chorros sobre unos sucios colchones y dos enrollados en mugrosas frazadas. Yo oficiaba de campana y mi amigo comenzó a roziar de nafta a los supuestos ladrones de la bicicleta.
-¡Un poli!- murmuré asustado -¡Abortá, abortá, un poliyuta!-
-¡Aguantá!- dijo Federico, y encendió la nafta con un trapo. Se originó un pequeño fuego -¡Ajá! ¿Y ahora?-
-Ahora vamos, ¡la policía!
Los dos llegamos a la avenida De Mayo y 9 de Julio. El boliche gótico era una pequeña puerta que pasaba desapercibida, de no se por los vampiros que hacían fila para entrar. Los dos nos tomamos unos tragos en el kiosco bar de entrente, y Mary Mayer se hizo la linda; pero yo le dije que estaba con Erica, y bastante enamorado de Delfina.
Lissette estaba a los besos fatales con su ex novio sobre la ventana de un hotel a metros del bar dark de la esquina; asi que cruzamos.
-¿Qué hacés con este pingüino?
-Tranquilo- dije serio -¡Encará tranquilo, take it easy!
-Es mi novio, y ya fue, volvimos- sentenció Lissette -asi que, ¡todo mal!-
-¡Este gil, este normalito!- dijo Federico y sacó una navaja -¡Yo te pincho todo, es mía, no se la banca! ¡TOMÁTELA!-
-Ya pasó- murmuré y le atajé el brazo -se acabó la noche, el día, nos vamos; ¿nos ves que se nos vienen los patovas?-
Lissette los había llamado con señas y su novio temblaba de miedo; estaba vestido con equipo de gimnasia, y pretendía ser un rapero con la gorrita ladeada. Yo llevé a Federico a los empujones hasta la esquina y abordamos el primer taxi que se nos cruzó.
-¡YA VAS A VER, VOS Y TODOS!- advirtió mi amigo después de bajar la ventanilla mientras se me hacía imposible atajarlo de su ataque de nervios. Y prosiguió a los alaridos -¡LOS VOY A PINCHAR, A LOS DOS! ¡A VOS POR PUTA!-
-¡Basta! ¡El amor es así, siempre te toca perder!
El balconcito de la habitación tenía una baranda de hierro con fileteados de los años '40, una verdadera reliquia de la arquitectura Argentina; las ventanas eran de madera, con persianitas americanas y rebatibles en cuatro partes.
Erica se veía bella durmiendo, a luz de una marquesina le daba intermitentemente, y me senté a contemplarlo todo.
-¡No te la creo, que vida loca!- susurró Federico mirando su billetera abierta sobre la mesa; también sus alajas -Es la peor ¿cómo no vas a querer a un tipo con todo este oro? Se queda con ese gil muerto de hambre, ¡hasta nos podíamos haber ido a vivir juntos!-
-¡Ya pasó, buscate una mejor; Lissette no es para nadie! Yo estuve unos dias y no le dí.-
-¡Para vos es fácil, vos tenés la que querés!
-No, para nada, me falta mi Delfina preciosa, ¡mi muñecota de trapo!
-Es una tarada esa rubia gorda
-¡No sabes, vino la madre de Leticia, la novia de Guido y me encaró en la plaza, se puso a llorar por su hijita buena. Casi le pego, me desesperó tanta tristeza. Oh! ¡Que duelo que tuve, la peor!-
-¿Te querés matar?- preguntó Erica despabilándose -¡Adiviná quien falleció!-
-¡No!
-El Ricky, el cantante de Flema.
-Oh, por Apolo el dios de las artes! ¡FUCK! Yo lo conocí en una exposición de fotos, cuando era periodista. ¡Era un tipazo con un sentido del humor genial! Ricky me dijo: ¡MI BANDA ES UNA MIERDA! ¡Vos sos una mierda; pero Flema, es una mierda más que vos!
Los tres nos tiramos en la cama y nos pusimos a dormir, no había otra.
-No se les ocurra poner a darse- dijo Federico -¡Que yo estoy acá... y me prendo! ah! ah! ah! ah!-
-Dos putas y un chongo- dije bromeando -¡Eh, amigo, es la vida de los ricos!
-Jajaja! dos putas, un chongo ¡y una volsa de merca!
-Vos no podñes Fede- consideró Erica -porque él, ¡él es mi amigo gay!
-Hablando de eso, igggh! el otro día se estaban peleando los tumbas por el travesti del pasillo. Parece ser que uno le dió, y otro también, y a uno le pintó el amor, y lo quería acuchillar al otro!-
-¡Aguantá!- dije entre risas -¿No sabés lo hermosa que es Lulú con esos bigotitos chamameceros? ¡El travesti sex symbol bigotuda! Basta Fede, porque no me voy a poder dormir.-
-Pensar que se hacen los pulentas con un caño en el bolsillo- dijo Erica -¡y se terminan empomando entre ellos, vuelta y vuelta con un trabuco!-
Yo desperté varias veces en la noche, me sentía claustrofóbico; tambien tuve sueños, como presagios de que iba a volver a estar encerrado. Me levanté de la cama como a las 3 de la tarde.
Erica estaba hermosa, se había pintado prolijamente la cara regordeta, y vestía elegante-punk en jeans; Federico tenía puesto un traje negro y había pasado betum por mi paleto de cuero. Yo cotrareado me puse a vestirme para los acontecimientos del dia.
-Ahi está la comida.
-Gracias Eric.
-¿Y jefe?, jefe alemanen del partido ¡A ese negro Carrington no lo podemos atrapar!¡Siempre se nos escapa!-
-Sos un tarado cuando hacés eso- dijo Erica tentada -¡sos mi orco feo y malo!
-Para hoy- explicó Federico fumando tabaco importado -tenemos dos negocios loco, el primero es ir a cambiar billeta, y el otro es ir a firmar garantías truchas con giles.-
-Fácil, simple, firma con la mano izquierda, si hay peritaje firmas con la derecha.
-Yo los espero en la galeria.
-Okey Erica, paso y te veo en la escalera.
La avenida Corrientes es una larguísima peatonal, uno de los centros comerciales más grandes del mundo atestados de turistas; también de prestamistas de dinero ilegales, "arbolitos" que se dedican a cambiar dólares por pesos argentinos.
La financiera a donde nos dirigiamos era muy lujosa y con vidriera a la calle, tenía un pizarrón lumínico fuera donde se podía apreciar la cotización nueva de la moneda con dos guardias gigantezcos vestidos como generales. Sus gorras llevaban grandes águilas de metal plateado.
En el medio del camino había una viejecita de grandes anteojos, pelo de color violeta, que se genera por la tintura vencida para tapar las canas, y arrugas finitas en su cara por millones. A su lado siempre había un niño con retraso mental.
Yo detuve a Federico unos metros antes.
-¿Tené' moneda?
-Sí ¿Cuánto querés?
-No salame, acordate de esto: ¿Tené' moneda?
-¿Qué onda?
-Vos acordate- dije, y los dos seguimos camino ante mis señas -¡Ahi va!-
-¿Tené' mondea?- preguntó la viejecita -¿Tené' moneda?-
-¡JAJAJA! aguantá, no podés ser tan hijo de puta, jajaja!
-Me persigue siempre, vieja bastarda. Siempre me la cruzo en la calle, en el medio del camino- aseguré entre risitas y siguiendo camino -una vez le di un boton de camisa rojo, siempre pide: ¿Tené' moneda? Me vuelve loco, ¡es el diablo en medio de la encrucijada! Siempre habla con la eñe por todos lados. No me va a dejar hasta que le de un peso en "moñeda".-
-¡No podés ser tan hijo de puta, jajaja!
-Basta, seriamente me da como culpas, me siento en deuda con gente así por la calle. POr eso digo que la vida es hermosa, nací entero y tengo posibilidades de tocar el Olimpo con las manos cuando quiero. ¡Me da tanta impotencia cuando veo gente minusválida, una bronca! ¡Y no se a quien atribuirselo! Puff después dicen: el amor y la creación de dios es maravilloso. ¡FUCK!
Los dos llegamos a la puerta de la financiera.
-Vos cuidá de que no nos roben, ¡a ver si nos chorean y perdemos!
-¡Sí, jefechito!
CONTINÚA...
LOS INKIETOS (Capitulo Aparte) 2do fragmento
-Deci que es tu novia, que sino le doy a la grandota-
-No fede, sos mi amigo gay, sabela. ¡Que cachibache que son, son un embroyo altísimo, altísimo embroyo los dos!-
-Una vuelta hace mil años- confese sonriendo -tuve queque ser vendedor de libros. Eran unos pelotudos que tocaban timpres de casa y vendían un plan. El plan era lo siguiente: pagabas una cuota de 20 pesos y re hacian socio de una librería y re traían libros a tu casa, los que pagabas. Eran unos pelotudos que se decían entre todos: ¡Fuerza, fuerza!¡Buena onda!, y te mandaban a tocar timbres. El jefe era un pelado estafador, un grasa que te dabas cuenta al toque que estaba tratando de envolverte. Nos enseñó algo llamado "venta por arrebato". Es marear al comprador con propuestas hasta que cae y compra. Yo un día levante 200 pesos, pero de la bronca que me daba el pelado grasa rodeado de giles los estafé, me fui para mi casa con la guita. Después estuve como un año vendiendo la promoción, el plan, y nadie se dió cuenta de que todo era falso. Los libros, ¡que te los traiga tu abuela!-
-Jajaja, aguantá, jajaja!- lanzó Erica -¡los vi, de esos que bailan marcha!-
-Yo una vez trabajé en una zapatería- aseguró Federico. Prendió fuego un tarrito de betum, después de soplar, pasó por mi campera prolijamente el producto con un trapo dándole brillo. -¿Ves? esto lo aprendí ahi. Era un viejo clase trabajador esclavo, con una foto del general Peron y un dia me fui con toda la plata de la caja, ¡y zapatos nuevos, loco! ¡Ja, le cavió!-
-Te cuento- dijo Erica -mi madre sabe que estoy acá-
-Okey, no te cuestiono. ¡Hoy sos mi vida hermosa!-
-Te adoro, viejito lindo-
Se escuchaban tenues golpes en la puerta, respetuosos de la privacidad. Yo abrí cuidadosamente.
-Esteeeh, señorito Federico- murmuró la viejecita -lo buscan unos chicos-
-¡Sí, ya va, no se preocupe!- dijo Federico -¡Ya va!-
-¡Son los dueños de las celuletas. Vos Erica, escondete. Y vos, fede!...-
-¡Yo soy el jefe!- interrumpió con el seño fruncido -¡Vos Carring, a la puerta! vos hacé el papel de puta y yo me escuéndo en el balcón ¿No ves las sábanaspara taparme? !Daa, daa, daa, MONGOLOIDE!-
-Okey jajaja. ¡El bebé padrino, jajaja!-
Yo salí al pasillo y tomé un poco de aire, me concentré para ponerme serio y abrí el vidrio de la puerta.
-¿Si?-
-¿Dónde está ese Federico?-
-No sé, no lo vi en todo el día, se mudó-
-¡Ah, somos una re banda!- dijo un paraguayo enfurecido de los 8 que había detrás de él -Si no nos dejás pasar, te pasamos cuchilla ¿Ahora que somos banda que onda, pué'?
-Ya vengo-
Yo abrí la puerta de nuestra pieza y Federico estaba con el telefono celular desarmado sobre la mesa.
-¿Y qué onda? ¿Ya se fueron?-
-No, se trabó por los cuatro costado, son como diez, tome trenso; pero imaginatela, policía, sangre, la dueña llamando ¿Qué haces con el teléfono asi?-
-Nada, dejame a mí- respondió Federico, y salió con la carcaza del celular al pasillo.
Erica no paraba de fumar nerviosa, yo estaba tentado de risa, y mi amigo regresó cerrando la puerta despacio.
-¡No sabés, se llevaron el telefonito loco vacío! Las piezas las vendemos mañana, jaja!-
-Okey, bien estafados están, billeta, la billeta de Sarita la bobe judía. ¡Sarita vende tela cara y compra tela barata, jaja!-
-¡Ah, sabelo!, me compré una bicicleta cara de competición- comentó Federico pasando el cepillo de plata por su traje -La dejé atada con una traba de seguridad re ancha en el pasillo, una mañana me levanté re felicidad a dar una vuelta loca feliz en mi bicicletita y, resulta que la condenada bicicletita no estaba. Uno de los pibes chorros del pasillo me tiró: ¡Eh, amigo! ¿Te cortaron la bici? La estás buscando? ¡está en lo del narco!
Yo casi lo amasijo de un navajazo, ya lo iba a pinchar todo mal; pero, me frenó un vecino.
-¡Fácil, venganza!- dije frotándome las manos -los empalamos y listo-
-Tengo un trabajo para vos, pero... con esa ropa no. Es de guardaespaldas mío, y tengo pensadas dos movidas. ¡Vamos!-
-¡Okey, Cazarencompezash!-
Erica, Federico y yo nos fuimos a la galería Quinta Avenida yo nos compramos trajes, borcegos nuevos que se los regalé a ella, camisas, trabas para las corbatas y... gemelos. Mi traje era color azul, imitación muy acertada del que usan los príncipes ingleses en el protocolo para ver a la reina.
Los tres llegamos por el pasillo rodeado de habitaciones a la cocina, las sábanas blancas puestas en los marcos parecían fantasmas moviéndose con el viento. La cocina tenía las paredes pintadas de amarillo pálido y transmitiía nubarrones de grasa. Federico abrió delicadamente la heladera de los años '50 y sacó huevos, yogurt, Coca Cola, carne y papas depositándolos en la mesa de marmol granizado negro.
-¡Eh, somos felices! hoy comemos, el nene rico toma yogurcito straight!
-¡Callate, mongoloide!- sentenció Federico con sus ojos inyectados de rencor -¡¿No ves?!, esta comida es de los vecinos-
-Si no roba... ¡Estafa!-
-El otro día me vino a encarar un mono negro con un cuchillo de cocina, un vecino feo, y me apuro porque le faltaba la cena y yo no me hice cargo ni ahi. ¡No sabés que morocho todo mal!-
-¡Que cachiva que son!- dijo Erica desde el pasillo, oficiando de campana -Pero dale marmota, que no viene nadie!-
-¿Algún día pensas trabajar?, ¡desclasado!-
-¡Yo soy perito apicultor!- aseguró Federico orgulloso -aparte sé mucho de computación, soy data entry, entre otras cosas, sé de Power Point; pero, no quiero trabajar como gil todo el día en una oficina-
-Te imagino, robándote la guita de la oficina, o las abejitas de los panales. ¡Mis abejitas, oh pobres, mis abejitas, mis abejitas lindas, encerradas en tus bolsillos, oh liberen a mis abejitas esclavas, antifascista siempre!-
-Jajaja!- soltó Erica sarandeándose -¡sos un tarado adorable!-
-¡Abejas de mierda, ah, casi me pican todo el día!-
-¡Jodete!-
La habitación tenía las paredes pintadas de color crema pastelera, y teníamos una cajonera con ropa sucia; los tres comimos ahí, en lujosos platos de vidrio con cubiertos de acero inoxidable..
-Esta noche, bolique dark- dije acomodándome la corbata roja -los vampiros y las tierras oscuras ¡Las darklands!-
-¡Mi Lissette me dijo que era nazi!- confesó Federico preocupado -dice que ella es europea, y que es de apellido francés y que son gente blanca de allá; que son camaradas. El otro día me presentó a sus camaradas del martido y la onda es que no me pude hacer el antifascista loco ¿Qué querés que hiciera?
-A veces nos toca perder, sabelo-
-Yo voy también, eh!-
-Vos no vas a ningun lado Erica, eh! Mañana vas al colegio, asi que la jovencita a dormir-
-¡Pero mañana es sábado!-
-¡No me importa, te voy a poner en la puerta del colegio a estudiar igual!-
-Sos un viejo tarado, pero divino. Me encanta cuando se enoja- consideró Erica pintándose las uñas -¿No se pone como un psicópata?-
-¡Es un psicópata, por eso lo tengo de matón todo mal!-
-Me fui- dije acomodando mis tiradores -yo no estoy acá-
-¡Mucha piña, mucha patada; pero, no se sabe hacer el nudo de la corbata! ¡Puf! dejame a mí-
-Sí amigo, ¡dale!-
-Sos un viejito hermoso en traje y corbata-
-Pensar que en una época yo usaba las uñas como vos Erica, y era un Glammed Metal en los '80s. Era un mambo de chabones vestidos con el pelo batido y maquillaje, tocábamos la guitarra y nos ligábamos minas a las que les gustan los tipos androjinos. ¡Se hizo popular las minas que les gustaban los tipos en ropa como de mujer!-
-¡Qué cachiva! No te imagino, ¡es tan varonil!-
CONTINÚA
MESTER DE CLERECÍA
Abso es un monje copista de la Edad Media y Guillermo es su maestro. La escena será la misma. Tendrá lugar en la catedral de Notre Dame durante el siglo XIII, en la bibloteca que funcionara como escola estudium generale de la precária ciudad medieval de París. Ahí, el maestrum Guillermo esta enseñando griego a su alumno Abso, y en ese enseñar pedagógico, intenta ayudarlo a traducir un extraño rollo que él mismo había rescatado de una escola filosophia cuando estuvo en el mundo Helénico, durante su alejada juventud. La lujuria por el conocimiento lo obligo a escapar del incendio pudiendo rescatar alguitas tablillas de cera, que se terminaron derritiendo por el calor del fuego al instante, y unos cuantos rollos escritos en esa lengua extraña. La mayoría de esos rollos estaban incompletos y en muy mal estado, solo aquel podía leerse y tratarse con una claridad tardía y poco consoladora. Aún así, Guillermo intenta enseñarle esa lengua extraña y en un rollo que esta en tan malas condiciones.
El alumno esta cansado. A pesar de la temprana virilidad que tiene su visión, hace muchas semanas que su maestro insiste en dejar una copia del rollo. Sabe que hay que terminar de trabajarlo rápido porque su maestro debe cumplir una diligentia(1)con puntualidad, en una abadía al norte de la península itálica; así es que al terminar con aquel trabajo, enseguida emprenderán el nuevo viaje para cumplir con nuevas laudas(2) . El stylus(3) del rollo reconoce las grafías del alfabeto griego; es bien claro que perteneció a la cultura Helénica; pero es una escritura a la que Abso jamás se había enfrentado, ni escuchado nombrar. Los datos de los que da cuenta los entiende a través de su maestro. Maestrum Guillermo insiste en enseñarle el stylus y la escritura Helénica. Abso piensa que sería mejor y más rápido que su maestro leyera el texto escrito y se lo dictará a él, pero este insistía en que es mejor que él mismo hiciera la traducción del griego a su joven lengua romance:
`` Après le chaos fait ces deux êtres: la Terre et de l'Amour est l'Amour qui a conçu des `` tous les autres dieux. Ainsi, par diverses parties, il est convenu que l'amour de Dieu est le plus ancien. Parce qu'il n'ya pas plus grand bien d'avoir un amant vertueux, ou un amant, ont un être cher qui a réconforté Mais, outre cela, il est pour nous le plus grand bien.(4)
La escasa luz del candelabro se estaba apagando, y Abso empieza a mostrar rasgos fuertes de cansancio acumulado. Hasta empieza a sentir un poco de miedo. Ellos están ocultos en aquél scriptorium porque su maestro no cree que sea virtuoso que algún miembro de la escola estudium genérale se enterará que ellos tenían en su poder un rollo escrito en una lengua desconocida y traído de un mundo desconocido. Salido de los fuegos de un infierno que Guillermo había visitado ¿Un dios llamado Amor? Una visión tal, incitaría a la lujuria de los clérigos de la catedral y es un atentado peligroso. Por eso, mejor es hacer el trabajo a escondidas lo antes posible para poder dejar una copia escindida.
Será un libre leído en una época posterior; porque quedará oculto en ese y en otros lugares apropiados para ser leído en otro tiempo. Siempre que aquellos tiempos favorezcan.
A menudo, Abso se detenía a pensar en lo que copiaba, pero cuando preguntaba demasiado su maestro le respondía con una negativa diciéndole que, todavía era uy joven para comprender algunas cuestiones que tenían que ver con esos escritos.
Después de estar en la abadía de Italia, después de esa experiencia, y cuando su maestro ya estuvo muerto; pudo terminar de conocer a Dios Amor: el más bello, magnífico y poderoso de todas las manifestaciones del Alma; el más libre de todas las libertades del cuerpo y del espíritu; pero también el más lejos en la concepción del tiempo porque será el más divino de todos. Así, pudo seguir trabajando en el oficio que su maestro le había heredado.
Notas:
(1) Diligentia, -ae (f). Significa diligencia.
(2)Lauda, -ae. Significa alabanza; tiene acusativo plural en –as.
(3) Stylus, -i. Es un elemento que se utiliza para escribir, pero también tiene que ver con la modalidad del escrito (de ahí la palabra estilo).
(4) En español: `` Después del caos se produjeron estos dos seres: la Tierra y el Amor. Fue el Amor el primero que concibió a todos los demás dioses``. Así, por diversas partes se conviene que amor es el Dios más antiguo. Pero, además de eso, es para nosotros, el mayor de los bienes. Porque, no existe mayor bien que tener un amante virtuoso, o para un amante, tener un amado que lo consuele.
La virgencita de la plaza
Hace calor, el verano se extendió más allá del otoño.
Lleva puesto un Short muy corto de tela, de la remera escotada y musculosa le salen dos brazos bien morenos, y de las axilas los vellos le brotan largos, entre la transpiración de verano y las hojas del otoño.
Un dolor le viene de golpe, se toma fuerte del vientre. Continúa su acto silencioso, madre Maria ayudame por favor. El sol la ilumina y la piel de Ana brilla.
Son las seis de la tarde, el barrio a esa hora no tiene la bondad de ser discreto y muchos menos desértico, por el contrario lxs trabajadorxs y estudiantes vuelven a sus casas, machacando las calles de tierra.
En el cetro de la escena está Ana, y todos van de acá para allá, se abre una puerta, se cierra otra. Una horda de nenes en guardapolvos desabrochados corren detrás de una pelotita de papel y cinta scotch.
Ana sigue en el centro. La sangre brota. Decide correr hasta su casa, lo más rápido posible. Corre, corre, roja y negra, la casa está en el fondo, blanca y lejana, no sabe si la están mirando, Virgencita que no me vean, virgencita que no me vean.
Ya en la puerta, intenta abrir el portón pero se traba y ve que a dos casas están sus compañeros de colegio. El Rusito, un nene rubio de ojos claros y rosado por el calor, asoma la cabeza observándola entre el flequillo rubio que le cuelga de la frente, se acerca. Ana logra entrar. El rusito casi le pisa los talones, ¿Ana estas sangrando, te cortaste? Si, me corté en la plaza, ella entra sin volver la mirada.
Al día siguiente, el rusito se acercó diciendole: ¿estás mejor? Sí, gracias. Las palabras quedan atrás y ellos se adelantan en silencio, caminan juntos hasta la plaza y se sientan en el banco junto a la virgencita.
Es un milagro, Ana mira a la Virgen. El Rusito se le acerca despacio para no asustarla, le da un beso chiquito en la mejilla, luego otro y ella responde con un gesto, hasta que uno corre la cara y las bocas se pegan tibias.
La noche intensa comienza a caer sobre ellos, la gente entra en sus casas y en un rato, la plaza quedará oscura y solitaria.
Las manos de Ana se alborotan sobre el pelo del chico, él le acaricia los brazos, la abraza acercándola más a su cuerpo. Pegados, entre los cuerpos la respiración es tibia, afuera del abrazo, la noche está fría pero no importa porque un fuego nace desde adentro. Las piernas de él se meten entre las piernas de la chica y la rodilla va hasta el fondo presionando la entre pierna. Ella siente placer, algo la desborda, mete sus manos en el pantalón de su compañero y logra agarrarle el pene, el miembro asoma rosado entre el guardapolvo y las manos de ella. El intenta desabrocharle el pantalón, la chica lo rechaza con un movimiento, El rusito insiste. Ana cede, la mano tibia de él toca los bordes de la bombacha, deslizándose hasta llegar a los vellos púbicos y ahí, a unos centímetros, encuentra el pequeño sexo abierto y mojado de la chica. Ella le saca la mano manchada de sangre. El chico lo nota y sigue acariciándola con la otra mano. La mano mojada de sangre se seca apoyada sobre el banco.
Alguien se acerca gritando algo, los dos chicos abrochan, cierran, lo que tienen para abrochar y cerrar y salen corriendo en direcciones opuestas.
El tunel de los sueños (El legado de la rosa - 1º parte), un cuento de LaSanta
LOS INKIETOS (Capitulo Aparte) 1er fragmento
Soy escritor por decisión propia, mi nombre, Alexis Germán "Wild" Giambisi, orgulloso de eso y de mis desventuras.
Me identifico con los salvajes, los inmaduro, el antifascismo, la mejor excusa para vivir. "Rock 'n Roll", es un termino fosilizado para mí; "Hardcore", es lo que me gusta y... la vida no es una cuestión de gustos, sino de responsabilidades.
Mujeriego irremediablemente; drogadicto, remediado en abstinencia completa; compulsivo confeso, cualquier excusa es buena para salir toda la noche a una disco, o a un recital; y hablo de las personas desde su estética para entrar en lo humano hasta decepcionarme.
Estuve en la cárcel, hice programas de radio, tengo experiencia de productor artístico y... querido lector desconocido, nunca esperen encontrarse a un heroe cuando abran un libro escrito por mí.
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LOS INKIETOS (Capitulo Aparte)
La puerta de la pensión hotel de Federico era de hierro con los vidrios rotos, un pequeño hall gris con las paredes pintadas y rayadas le seguía con un ascensor en medio, pero su puerta estaba desbensijada y descanzaba mitad fuera y mitad dentro del elevador. Las escaleras eran de mármol, llenas de adictos a la base, y drogas duras, vestidos de equipos de gimnasia con sus infaltables gorritas apuntando hacia el sol. Algunos eran andrajosos y desprolijos, y otros bailoteaban un poco de cumbia, esperando a que llegue su dosis con espasmos de ansiedad.
Yo subí las escaleras esquivando a algunos que estaban tirados en el piso,y después de saludar a los africanos que vendían anillos de oro, toqué tres veces el vidrio de la lujosa puerta de madera brillante, y la abrió una viejecita de gruesos anteojos.
Por esos dias del año 2002 viviamos en una casa ocupada, pero nos habian echado los monucipales. Todo esto paso entre medio de los momentos previos a cortar los tres candados blindados de la casa ocupa para retomarla. Estaba ahi porque no tenia casa y, aparte, quería saber la verdad de lo que había pasado a mis espaldas.
Yo había ido a buscar alguna aventura amorosa a la galería, don Delfina andabamos a los tumbos y besos pero no me olvido más de como se asustaron los ojos verdes de mi amigo cuando lo encontré, asi que el me dió la dirección de su residencia para confesarnos cosas.
-¿Si, joven?
-Busco a Federico Kahalöffer - respondí poniendo cara de inocente -¡Soy amigo!
-Sí joven, pase, es la puerta esa, al lado de mi pieza- indicó la viejecita
-Cualquier cosa me avisa, si?
Toqué la puerta blanca con mucha determinación y el ex Inkieto me abrió dando sus clásicas risitas complices.
-Aló, aló, ¡ja! ¿Y ahora?
-¡Eh, amigo, el guachín tiene casa!- soltó Federico orgulloso -Estamo' re parado' y leno' de oro. Sabia que ibas a venir, estaba pensando en vos.
-Sos un Lulú, pensando en hombres... ¡Qué mariquena!
-¡Pasá amigo, que somos felices!
La habitación tenía una cama doble, con sabanas floreadas de los 60's, un ropero de madera opaco, y un changuito de super mercado lleno de comida.
-Estoy sin casita feliz, sabelo.
-No se si te puedo dejar vivir acá mucho tiempo, porque Lissette viene y no hay espacio.
-¿Y que onda?
-Estoy re felicidad loca con mi Lissette- comentó Federico colgando mi campera prolijamente en el ropero -aparte conmigo acabó ocho, ¡ocho veces, como con ninguno!
Te puedo dejar vivir tres dias, cuatro como mucho.
-¿Que pasó, eh? Vine a eso, sabelo.
-Mi Lissette es del partido nazi...
-¡Vine a otra cosa, sabelo, batuque balbín! Aparte, que ni se te ocurra hacerte nazi porque te empalo.
-No, ¿para qué? Si soy blanco.
-¿Qué pasó? ¿Qué pasó con Mapu, la ex de Shaggy?
-¡No sabés!- dijo federico con el pecho hundido -Robamos un taxi y nos salió mal, entonces entramos a la villa y me la secuestraron. Un pibe con un fierro, yo no tenía fierro para responder y el pibe chorro me pidió guita por el secuestro y la violó. ¡Todo mal! Yo me fui a la comisaría y entré todo loco con un chaleco antibalas a la villa. Pedí un fierro pero no me lo quisieron dar, y aparte, yo tiré la puerta abajo. Y nada, está preso el violín. ¡Le recontra re cabió a ese negro de mierda!
-Okey, quería saber la verdad de tu boca ¿Los padres saben?
-¡No sé, no se discute más!- consideró Federico enojado- ¡Ahora yo soy el jefe!, y tengo un par de negocios para vos y para mi, ¡sabé! ¡Negocios locos!
-Okey jefe, vos dirás.
-¡Hay unos chilenobolivianoparaguayo'!
-¡Aguantá, me río, me río mucho!- logré decir -¡Me río!
-¡Unos chilenobolivianoparaguayo'! Bueno lo único que tenés que saber es que te tenés que hacer el dueño de la pieza, nada más.
-Contame más, si no se si es peor.
La puerta se abrió bruscamente y Erica punk, mi noviecita de esos dias, entró con un paquete de cigarrillos en la mano. Erica era gigantesca, de labios gruesos y hermosos ojos marrón ladrillo; vestía toda de jeans, y sus uñas estaban pintadas de negro.
-¡No te dije que tenías que estar en el colegio, eh!
-Para viejo, no empieces cahiva, me cansé del clima de casa y me vine a vivir unos dias acá, con un amigo gay. ¡Cantale, hacele la nena!
-¡Qué Erica!- dije -oh, la última. Shhh!-
-Yo soy tu amigo gay, yo soy tu amigo gay- se puso a cantar Federico -yo soy tu amigo gay, él lo sabe, vos también, porque, yo soy tu amigo gay-
-Kukú, Lalá, Mimí y Sisí ¿Dónde me metí?
-¡Vos porque no viste el travesti que vi a la mitad del pasillo!-
-¡Aguanta, Fede!- dije.
-¡Y, igggh! Tu novia toda punk loca es mi che pibe, me trae la comida, me hace la cama, ¡es la camuca punk!-
-Está bien, ¡vamos a esclavizarla y a sodomisarla!
-Mirá que me puede gustar- dijo Erica pasando sus manos por el contorno de su cuerpo y mordiendo sensualmente sus uñas -decime, decime "Gordita", ¡me encanta cuando el viejo me dice "Gordita"!-
-No vayan a curtir en mi cama, eh! Yo me voy, ya vengo
-¡Okey jefe!
Federico estaba vestido de traje y corbata color negro con camisa blanca. Su nariz era aguileña, su boca grande, su pelo rubio y lacio; pero su cuerpo era muy delgado y encorvado para el saco largo de cuero que se puso antes de salir.
Erica y yo nos pusimos a hacer el amor desenfrenadamente, y siempre nos sentimos bien, nos comprendíamos mucho en la convalecencia del "después de...", así que ella se puso a fumar elegantemente.
-¿Qué pasó en tu casita feliz?
-Viejito lindo, no sabés, mi papá se fue al colegio de mi hermana otra vez, y la amenazó a la directora, ¡y después salió con la moto a todo lo que daba!
-Pero, ¿no están separados?
-Sí, pero mi Padre manda en casa, y fea la actitud, y no me la banqué así que me vine para acá, y yo lo amo a mi Padre, estoy enamorada; pero, mucho bardo y, para no ligarla me vine unos dias.
-¡Más te vale que vuelvas al colegio, y vestite que viene el enano maldito!
-Contate algo- propuso Erica vistiéndose sentada en una de las dos sillas -¿A ver, eh? Contale a tu jovencita.
-Una vuelta mi hermano menor me invitó a ver a Ramones.
-¡Alta banda, altísimo punk rock!
-Bueno, y me tiré de la platea al campo para verlos de abajo. Un patovica me agarro y mi hermano menor le puso un borcegazo que el tipo hizo: ¡AY!, re maricón, lo descontrolamos a palos y después estuvimos un año diciendo: ¡AY! re michifuz, un patovica maricón. Pero tenés que vivirlo, porque suena muy estupido. Fue un ¡AY! re maricón, le pegamos porque parecía que se iba a poner a llorar.
-¡Que trastornados, jajaja!
Federico entró a la habitación a los saltitos y risitas. Después de cerrar la puerta, sacó un telefono celular de última generación.
-¿Y?
-¡Gracias!- dijo él, imitando la voz de una azafata -¡Gracias, hoy mismo le lavamos el dinero señor presidente!¡Gracias, una caja de armas para acá y una caja vacía para allá!¡Gracias, un kilo de cocaina para aca y un lote de harina para allá!¡Gracias, dos putas y un chongo para una fiestita negra... ¡Ah, ah, aahhh, ya se los tengo, en una hora, gracias!
-Confesá mortal ¿Qué hiciste?
-¿Viste los chilenoperuanoboliviano'?
-¡Jajaja, aguantá que me río!
-¡Es un re tarado!- soltó Erica entre risas -¡Repetilo, haceme, amigo gay!
-No, basta, fui al puesto y les dije: "dame un teléfono, lo compro si puedo probarlo en mi casa y anda la carga" Así que, ya fue. ¡Un teléfono, loco!
-El hombre estafador, ¡Ja!
-Ya sabés tu parte, ¿si?, ¡es tu parte, loca!
CONTINÚA...
La gran mentira
Rafael Sorrentino es profesor de literatura pero se adapta a las necesidades de su vida cotidiana y de su profesión; de vez en cuando da clases en la facultad de filosofía y letras, pero otras tantas tiene que conformarse con guitarrear en unos barsuchos humildes de la provincia de Buenos Aires para pode vivir; sobre todo para pagar las expensas de su departamento y poder comer algo de vez en cuando. Rafael esta expuesto a una vida a la deriva que lo lleva al más duro y desastroso espejo de si mismo.
Camina por la calle pensando en que tiene que enseñar la figura del autor revolucionario en la facultad y piensa: ¿Qué revolución? ¿Qué es esta Argentina revolucionaria? ¿Me interesa esto? Si bien le interesa, no tiene la cabeza en sus más extremos cabales en este momento. Además piensa en lo aburrido que debe ser escucharlo y en lo chistoso que es su apellido. Piensa que la mayoría de los alumnos deber de burlarse de él en algún que otro pasillo.
Esta llegando temprano y decide tomarse una ginebra doble en el bar que esta en frente de la facultad. Sorrentino se dedica mucho a la bebida blanca y al vino tinto cuando no quiere pensar en nada y en nadie. No hacia ni un año que salía de una relación amorosa de dos años y medios con Claudia. Ella había descubierto que él tenía una extrema desviación en el deseo que lo llevaba a tranzar con jóvenes pueriles; en su mayoría alumnos. A él le gustaban, le gustaban los chiquitos castaños con labios de color rosado, le gustaba besarlos y hacerles el amor hasta sentir realizado el morbo más extremo que puede sentir un hombre que gusta de otro hombre menor a él. Detrás de esto había una cuestión edípica que ya había tratado en terapia mucho tiempo. En el fondo Sorrentino buscaba reconocerse como padre de estas criaturas a través de lo más inviolable: el SEXO. Es un tópico que, si bien lo había tratado mucho en la terapia, lo perturbaba por Claudia porque no hubiera querido que ella se enterase; pero se entero. Fue un gran error brindarle las llaves del departamento después de casi tres años; porque así fue como ella lo encontró amando a Ángel.
Cuando conoció a Ángel estaba seguro que lo atraparía en esa etapa de confusión y desviación de todo joven con las ganas de conocer y experimentar el cuerpo. Lo atrapo en un taller literario que daba en el barrio de Belgrano bajo un invierno sombrío de junio. Estaban todos debatiendo sobre cuál es el género literario por excelencia y Ángel contesto que el género más elocuente es la Novela; porque puede contener en sí a todos los demás géneros. Sorrentino empezó a sentir una gran atracción por Ángel en esas noches de tertulia y hasta se acerco para pedirle una entrevista personal. Se pasaron los mails y acordaron un primer encuentro privado en algún bar del barrio de Flores, dónde seguro, bajo la excusa de corregir textos curiosos, los dos se emborracharon con una gran botella de vino tinto. Los encuentros siguieron pero empezaron a tener lugar en el departamento de Sorrentino. La primera vez ya hubo más confianza, y cuando Ángel estaba por irse, Sorrentino pudo ultrajarle la cara para besarlo; besar eso labios finísimos que tenía en el medio de ese rostro cicatrizado por una afeitada apurada. Así fue el primer contacto, que después paso a mayores con más vinos y otras especies. . .
Claudia se entero de todo cuando entro una noche y los vio desnudos sobre la mesada de la cocina. Ahí se acabo todo; él la quería y estaba muy agradecido por su compañía durante esos dos años, pero Ángel le había dado vuelta los anillos de la orbita de saturno; él estaba seguro de que había elegido el destino de su deseo en ese momento de su vida.
Ángel pasó a ser Angelito y a vivir en el departamento de Sorrentino más que en su propia casa; además había iniciado la carrera de letras. Parecía que todo estaba acomodado. Aunque Sorrentino la extrañaba en silencio. Y bebía, bebía cada vez más a la par de Angelito cuando él no tenía que estudiar. . . pero siempre en silencio, sin hacerle notar que tenía la necesidad de abrazar a Claudia y de besarla masculinamente.
Ese día Sorrentino dio su teórico en la facultad con Angelito sentado en la primer fila, el alumno predilecto de la literatura argentina, el que se preguntaba sí Cortazar o Walsh, sí la buena literatura aburguesada de fantasía europea o una literatura que arrojara la máquina de escribir y agarrara el fusil para hacer tambalear a los verdugos de la historia argentina. Ese era el alumno de Sorrentino; en cambio el amante se preguntaba: ¿Sade o una buena novela romántica.-naturalista del siglo XIX? Mientras sostenía una copa de vino tinto ultrajado de dudas e incorrecciones, y desnudo en la cama revuelta de ambigüedades amorosas. Sorrentino no le contesto, pero ya había decidido. Esperaría a que Angelito rindiera el examen final de la materia para decirle que todo había acabado, que ya había decidido volver con Claudia, a buscarla nuevamente para cotejarla o al menos a ahogar su recuerdo sobre ella en una copa de vino sin compañía, en soledad.
El día del examen final, Ángel saco su bolilla correspondiente y estuvo toda la tarde en capilla preparando su exposición para aprobar; y lo hizo sin la influencia de Sorrentino, quien estaba en la mesa de examen correspondiente. El profesor Rafael Sorrentino no intervino porque sus colegas tenían una leve sospecha sobre la debilidad que él sentía por aquél alumno. Eso era algo que se estaba tornando insostenible; mejor acabar todo ese día antes de que todos descubrieran la relación.
Cuando le extiende la libreta a Ángel con su más alta calificación lo felicita y le dice:
-Ángel, la literatura es una gran mentira. No vuelvas a casa esta noche.
Ángel no volvió más y Rafael Sorrentino busco a Claudia hasta que dio con ella a través de un número telefónico que logro sacarle a un familiar lejano, que alguna vez había conocido, a la fuerza. Ella estaba en el extranjero y fingió no conocerle la voz de él cuando la llamo.
Entonces siguió ahogando el vaso de vino en su departamento de índole humilde o en bares de dónde la ginebra tenía un bajo costo para su bolsillo, también enseñando literatura argentina en la academia de vez en cuando, y otras en los suburbios. Mientras que Angelito seguiría cursando la gran mentira de la vida hasta el final, sin volver a cruzarse para conocerse, ni darse un beso, ni preguntarse sobre extremos literarios.
La groupie
La música fluye entre las piernas de los espectadores, el sonido del contrabajo golpea el piso y el techo, rebota en unos zapatos rojos, y de ahí a ella. Pero no a ella toda, sino a su entre pierna, lo siente. “Sabe como sabe un orgasmo”, la mujer lo dice para sí.
El Contrabajista se menea en el vaivén de la pieza de jazz, pone caras y acerca su rostro con tibieza al cuerpo de su instrumento. Las cuerdas le vibran en la mejilla. Siente poder, amor, vibra. Las luces le apuntan directo.
La imagen desde la platea es perfecta o ella la imagina como tal:
Desde su asiento, la groupie fantasea con las manos de aquel hombre, el talento siempre le resulto sensual. Muy sensual. Quisiera chuparle los dedos y sacudir su cuerpo de un lado al otro del escenario.
Termina la noche y del concierto sólo le queda un recuerdo inconcluso porque falta el tacto, lo de siempre, llegar al otro, llegar al otro.
Un escritor, uno talentoso, juega a seducirla, ella lo sabe, intenta simular falta de interés pero no puede, los cachetes la delatan. Lleva baba de mujer que admira a un Dios de vereda, que no es otra cosa que un loquito como ella. Pero no le importa. Chupa el talento de los hombres, ve sus debilidades y los deja cuando se cansa de hurgar en sus temores y obsesiones.
Obsesiones, la groupie es una NENA OBSESIVA CORRIENDO UN CONEJO, CORRE CONEJO, ATRAPA CONEJO, BESA CONEJO, CORTA CABEZA A CONEJO. Pero conejo es veloz, conejo atrapa a nena, conejo muerde fuerte,conejo hábil, conejo-libre, ¡conejo de mierda!
“Podes caer en una trampa sin salida” la groupie se habla en tercera persona, todavía no se reconoce.
Músico, pintor, escritor, artistas diversos. Hace el amor con cuadros de colores, con Rimboudes argentos, con pequeños Dylansitos que nacieron a destiempo, cuando ya era tarde para pretender ser un dios del folck, del rock, del arte. (No somos novedad, nene, nos repetimos y nos mordemos el culito sobre el lienzo-papel-word).
A final del pasillo hay una estrella, alguien la agotó en el cielo, alguien la echó. La groupie la toma con sus manos, y al hacerlo, entre las palmas le queda un vacío que hay que llenar. Sale a la calle, en la fuente de una plaza cualquiera, se mira a los ojos en el reflejo y que ve:
“Existe un último nivel en la cadena alimentaría que corresponde a los descomponedores. Éstos actúan sobre los organismos muertos, degradan la materia orgánica y la transforman nuevamente en materia inorgánica devolviéndola al suelo (nitratos, nitritos, agua) y a la atmósfera (dióxido de carbono).”**
* y **(Cadena trófica, Fuente: http://es.wikipedia.org)
Anécdota poética de una belleza corrompida por un recuerdo.
Mientras Camilo Puerta caminaba por un puente que cruza el río Sena piensa en que una vez entro a una cerrajería de Buenos Aires, cuando estuvo viviendo allí un tiempito, que devino en un par de meses. Ahora caminaba y caminaba por la ilustre ciudad de la poesía, del Surrealismo que ahora descanza en los claustros más dignos de las academias prestigiosas. Se acuerda de André Bretón y de un sueño diurno medio peligroso que él mismo tuvo la otra noche; también de un tal Samuel Rosenstock, quién uso la máscara fundadora del Dadá y sacó el primer poema recortado del sombrero más célebre de la ciudad Parisina; pero Camilo vuelva a la cerrajería.
Y nosotros volvemos con él, a un Buenos Aires ornamental de finales de los años setenta.
La ciudad siempre fue bella y expléndida pero más comenzó a serlo desde que alguien dijo que era la capital más europea de América latina. Algo conflictiva en esa época; el germen político, económico y social del aborrecido Capitalismo ya había tenido su lugar en la República Argentina y está arrasando con la ciudad portuaria debajo ese adorno color verde falcón que se viene complotando de modo clandestino. Camilo vive en un edificio muy alto a dos cuadras de Calzada circular y la Av. Santa Fe, que luego de la Av. Del Libertador se convierte en Av. Cabildo. Ahí vive Camilo, la parte más europeizada, la parte del ilustre Juan Manuel y del jardín de Manuelita, lleno de animales exótico de todas parte del mundo y de muchas ¨tortuguitas¨. Él camina por la calle una tarde que vuelve del periódico y curiosamente resbala de sus manos la llave de su casa. No puede entrar porque el portero esta desaparecido del edificio hace unos días y nadie sabe nada de ese. Es mejor acudir a la cerrajería de barrio urgentísimo, antes de que cierre.
Al entrar al ¨Imperio de las Llaves cerradas¨ Camilo pide rápidamente una consulta a domicilio para que abran su departamento y aclara que es urgente.
-No hace falta, porque las cerraduras de aquél edificio son copia estándar y siempre hay una disponible.- le dice el señor de las Llaves.
Camilo espera y observa un gran panel de madera colgado en el techo con picaportes antiguos, clásicos con adornos pomposos; algunos de color negro como para puertitas más pobre, otros de color bronce brillante e imponente. Algunos le hacen acordar a otros tiempos, a otras historias que quedaron cerradas en esa ciudad de Buenos Aires tan interesante. Él había venido de París a conocer los secretos más hundidos. Se acuerda de una novela por entregas del siglo XIX, en la que contaban que había una casa que alojaba unitarios y que Camilo imaginaba con esos picaportes tan fuetes, tan bien blindados en bronce; bellos pero protectores al mismo tiempo. Así era lo que pensaba. Una luz sale del herraje para meterse en el bolsillo de su sobretodo europeo. Ahí se queda y Camilo no sabe con exactitud que es, pero entiende que algo fantástico ocurrió. Paga las llaves y sale rápido del negocio, mete la mano del bolsillo y siente un calorcito dorado. Ya era de noche y del bolsillo saco un poema que decía:
Lo hermoso como lo más cercano a la praxis vital de una cotidianeidad obtusa.
El sentido de amar a la pasión me convierte en un sujeto vuelto sobre mí mismo.
Mismidad del amor, por la falta de un ausente.
La noche esta soleada de un calor lujurioso en mi vigilia nostálgica.
Las primeras y mejores experiencias con la poesía surgen;
Y surgen,
Más que surgen cuando creía en la ausencia.
Vuelvo a intentar caminar bajo un trópico repetido de pasado.
Tras su manto de abrazos que no envuelven la calidez más sólida.
Besos soldados con el óxido del tiempo eterno que se repite.
El único reloj que no0s agrieta es el biológico, una diferencia cronológica.
Veo un cuerpo gastado.
Los míos son relojes que solo se derriten en una ficción de colores que se le ocurrió a un pintor famoso de no hace muchos años.
¿Van gogh o Picasso?
Ya no me acuerdo.
Camilo lee. Era un poema total fragmentado en papelitos que va sacando del bolsillo como si fueran serpentinas que quedan en ese abrigo que solo usamos en una fiesta con carnaval carioca. Lee uno, lo tira para sacar el otro y así hasta que no hay más. No era la primera vez que a Camilo le pasaba esto, al contrario en París era muy común que esas situaciones ocurriesen, pero en Buenos Aires ? Es la primera vez que le pasaba en esa ciudad. Llega, abre la puerta del edificio y sube al ascensor. Cuando abra la puerta de su casa, ya no hay nadie; los que estaban se fueron o alguien se los llevo porque la cerradura estaba media forzada.
Camilo entiende rápidamente que tiene que volver a la ciudad del amor y de la poesía porque allí si hay lugar para la mezcla entre la fantasía y la realidad comprometida. Era inútil que se quedara porque si a ellos ya los vinieron a buscar mientras él no estaba, pronto volverán por él y quién sabe . . . Junta unas chucherías y vuela al aeropuerto inmediatamente en un taxi; y mientras cruzan nueve de Julio y Corrientes en taxista le dice:
- Huy, ahora que usted se va Sr., no sabe lo que se pierde. Se viene el proceso; y ese día es digno de ver para un argentino de bien como yo; pero más sería para usted como extranjero. Una buena experiencia para contar.
Camilo no contesta porque esta medio confuso y nervioso.
Ahora en París, sobre ese puente, está entendiendo que alguna vez podrá volver a esa pobre ciudad maltratada por el odio de las fuerzas que no entendieron lo que es la belleza del intelectual comprometido, del artista amante del amor. Camilo está mirando el Sena correr con fuerza desde el puente; otoño y hay mucho viento. Mete la mano en el bolsillo y saca otro poema luminoso.
“Ella”
(Mi ánimo viaja en subte y va cómodo entre las melodías de blues de artistas callejeros. Si fuera menos terrenal, flotaría y no pagaría boletos, mi cartera no se llenaría de cartoncitos que dificultan cualquier búsqueda. Soy mujer y me vació sobre la cama, dejo la cartera a un lado, por fin lo encuentro; el teléfono que nunca sonó pero no importa, eso no es lo importante. Seria mejor pasar a otro tema, hace tiempo busco una historia coherente pero después de buscar en google: “maneras de suicidios rápidas” y ¡¡encontrar respuestas!! Ya ni mi ánimo me cree. Entonces simplemente les voy a hablar de Ella)
A Ella le gustaba caminar y charlar hasta por la medias, tenía una voz muy dulce, escucharla era agradable. Caminaba lento porque no quería agitarse, eso dificultaría la conversación.
A las cinco de la tarde, tomabamos el té frente a la tele y ocasionalmente mirabamos a través del ventanal, un patio inmenso, al que casi no salíamos. Las tardes eran calidas a pesar del invierno, lo de afuera no importaba, todo lo recibíamos por teléfono. Y el noticiero, alimentaba nuestras discusiones sobre lo de fuera, eso que para entonces apenas recordabamos, lo digo en plural, porque si bien yo iba a la facultad, fui parte de la abstracción de su mundo.
La casa era muy antigua, tenia en medio un patio cubierto, era el pulmón-corazón del hogar, ahí les daban las inyecciones y medicamentos, había habitaciones alrededor, un living, dos baños, una cocinita y muchísimas ventanas de todos los colores y tamaños posibles. Eran vitrales emparchados con vidriecitos, década tras década, variaban las tonalidades de los azules y los verdes. La claridad del día en esas ventanas era una obra de arte y todas las mañanas, con un té en mano, yo estaba ahí para apreciarla.
Ella tenía una mejor amiga, una tanguera que en otros tiempos había sido alcohólica. Por esas cosas de la vida, el destino había puesto a una porteña milonguera y a una ama de casa del interior de Buenos Aires, bajo un mismo techo y eso, las hacia tremendamente felices, porque no faltaba tema de conversación, todo lo que decía una era sorprendente para la otra.
Me encantaba verlas de noche sentadas de espalda con la luz tenue del velador sobre sus faldas, mostrándose fotos o cartas de parientes. Se decían cosas al oído que nunca pude escuchar, luego de aquel acto íntimo, la Tanguera usaba sus manos arrugadas para limpiar las lágrimas de Ella, Ella era la más sensible de todas y de todos.
Un día les propuse sacarles fotos con una cámara AGFA del 60 (una antigüedad que había adquirido cerca del lugar), me parecían dos abuelas hermosas, las hice posar y eso las divertía, en una de las fotos que nunca salieron, las vi tomarse de la mano y sonreír, como si la otra fuera un barandal donde sostenerse entre la vejez, la vida y la muerte. De alguna manera era así, porque todos lo años sus familias olvidaban cumpleaños, día la madre, año nuevo, navidad y las dos sabían muy bien que las olvidarían pronto o que ya las habían olvidado, pero que si volvían a visitarlas era por otras razones.
En un día más me iría, esa noche lloré un poco al sentir el abrazo calido de Ella diciéndome: no te olvides de mí.
Me fui, la verdad es que no volví al geriátrico, ni siquiera cuando me entere que iba a cerrar, pero que podía hacer, ¿volver para despedirme otra vez?
Pero eso si, no la olvide, aunque con el paso del tiempo yo también voy a envejecer y habrá ciertas caras que no voy a recordar. Si hubiera salido alguna foto, en el futuro este relato tendría cara, quizá un nombre, alguna fecha, pero no, ni siquiera eso.
No cierres las ventanas, alguien saldrá volando
Cuando por casualidad tenia que hacer una diligencia, subía a las oficinas de los cargos importantes, la encontraba caminando por lo pasillos, agarrandose de las paredes para no salir flotando. Muchas veces pensé que era un ángel o una aparición de una mujer demasiado hermosa para ser de este mundo.
Pasé a su lado, le dije buenas tardes o buenos días según la ocasión. Hace un año que trabajo acá y solo la ví dos veces. En esos momentos trate de disimular mi asombro al verla flotar. Seguí con la mirada sus movimientos producidos por la brisa de una ventana lateral del pasillo. La vi flotar de un lado a otro, el viento le modificaba el trayecto. Fui un nene mirando un avión en el cielo, entre nubes era ella lo magnifico de volar sin paracaídas…
Quédate vestida, déjame verte un poco más. Quiero ver como la ropa simula vestir tu cuerpo, como la pollera recorta tus piernas y deja el resto a la imaginación.
Desde el pie te recorro con la mirada, subo por tus rodillas, veo en tu entrepierna una oscuridad encantadora, no puedo dejar de pensar en que quiero llegar ahí.
Pero sigo en mi lugar y vos en el tuyo. Desde acá puedo ver tu remera sosteniendo tus pechos que emergen como dos lunas, me cuelgo de una con mi ojo izquierdo. El resto del cuerpo quiere comerte pero se detiene en un dedo.
Mi dedo te recorre hasta la oscuridad, mi miembro se acerca, pareciera temblar, tal vez para ir a tono con tu vientre. Subo más...
Mi mano entera intenta desnudarte. Nuestros cuerpos juegan a arrancarse la ropa, la piel. Empezamos a maullar como gatitos. Te voy a desnudar y vas a desaparecer, porque sos una alucinación recurrente.
Tenia que viajar a La Pampa y dejar tres maquinas de campo allá. Entré a buscar una encomienda en la oficina de mi jefe, me dieron permiso de hacerlo por la urgencia del asunto.
La encontré revisando el escritorio. Por fin la tuve cerca otra vez, no pude evitar sonreir. Me miró asustada, atiné a irme. Ella me rogó que me quedase, pidiendome por favor que no dijera nada de lo que había visto. Porque si se lo contaba a alguien perdería su trabajo. Yo simplemente asentí con la cabeza.
Poco a poco te volviste terrenal, fuiste más pesada, tanto que estuvimos a la misma altura hasta que te agachaste, diciendo que harías cualquier cosa por no peder tu trabajo.
Abelardo y Eloisa
Vas al Msn y no hay nadie con quien hablar. Salís a la calle sin un mango en la cartera, esperas encontrar a alguien o que alguien te encuentre y en cambio escuchas el eco de una voz en tu cabeza, es la tuya, aunque no quieras aceptar lo sola que estas.
Caminar, caminar, dar vueltas, respirar, salir un rato de vos, mirar.
Hace un rato que doy vueltas por la plaza de Hurlingham, observo a una mujer sentada detrás de un árbol, otra medita sobre un banco y en el centro varios chicos con gorrita y zapatillas caras escuchan Regeeton en sus Gileras.
Hay poca luz porque ya es de noche. Pero los mosquitos son visibles, hay muchos, demasiados.
Hace calor y tengo sed. ¡Bebedero de heladería gracias por existir! Vos amigo pobretón sabes de lo que te hablo. Hay miseria por todos lados, ya es parte del paisaje. Pero yo busco otra cosa. Algo que me saque de la rutina, hace dos días que no duermo a causa de mi imaginación prolífera. La historia de Abelardo y Eloisa es una constante. Juntos desafiaron las leyes de gravedad, dejaron el peso de lado y un viento los voló, aunque estuvieran muy verdes para dar siquiera un paso firme sobre la tierra.
Todo comenzó un día de lluvia, en este mismo lugar, los dos charlaban de música, cuando comenzó a llover. Ese día se miraron distinto, una mano fue más de allá de los límites de un short. Una caricia seguida de un beso tímido en la mejilla. Tres manos y otra perdida en los pechos de la chica. Ganas y apuro, subieron a sus bicis y fueron a la casa de Abelardo.
Llegaron mojados, hacía un poco de frió. Eloisa entró primero y comenzó a sacarse la ropa hasta llegar al baño, ahí permaneció desnuda. Detrás de la puerta entreabierta, sacó una mano y espero que su amigo le diera ropa seca. Él en cambio la tomó de la mano y la ayudo a salir. Ya afuera, la beso en la mejilla. La boca de ella, se deslizo hasta la boca de él. La lengua viril del chico camino por los labios carnosos y rojos de ella. Eloisa se aferró con sus manos a la espalda de Abelardo y subió la pierna izquierda luego la otra rodeándole la cintura. Pequeños besitos y caricias le desdibujaron las marcas del corpiño.
El amor ahora tenía nombre y cuerpo, la sexualidad se abría de piernas a sus gestos tímidos, habían esperado la pubertad con dolor, y un dolorcito más los acercó a un mundo nuevo. Eran dos vírgenes prendidos uno en los brazos del otro. El ruido de la lluvia sobre el techo parecía el tacho de la batería de las canciones de Fun people, que retumbaban a todo volumen en las paredes de la habitación.
Por suerte no había ningún familiar en la casa. El mundo, ¡la vida! era un lugar perfecto para ellos. Fumaron marihuana, sacudieron sus cuerpos un rato más sobre la cama y al fin todo estaba dicho. Faltaba algo: irse. Buenos Aires no es un buen lugar para un amor tan inocente y ellos lo sabían, se vistieron. Abelardo agarró lo necesario y salió. Subieron a sus bicis y la lluvia seguía igual de insistente pero no sería un impedimento para nada, el camino estaba trazado, solo debían pedalear.
La remera de la chica estaba mojada y el short todavía tenía partes secas debajo de las piernas. Había pedaleado bajo la lluvia hacia varias cuadras. Su bicicleta se agitó sobre el asfalto mojado. En la esquina de una calle de adoquines buscó la manera de adelantarse a Abelardo, al hacerlo, lo vio sonreír al cielo. El gusto dulce de la lluvia le empapo los labios. Ya faltaba poco para llegar, tenían que cruzar una avenida, doblar y hacer tres cuadras más. Pasó un camión de basura y lo siguieron. Dos recolectores agarrados del estribo del camión, le dijeron cosas a la chica, debajo de la remera amarilla sus pezones brotaban fulminando la tela. Una remera mojada sobre un cuerpo femenino pareciera dar permiso, a ciertos hombres, de vociferar barbaridades. Avergonzada Eloisa dio la vuelta y su amigo la siguió. Estaban juntos en esto, a donde ella iría, él también. Tenían sus bicicletas, ropa, una carpa, algo de plata y en unos minutos, tendrían dos pasajes de tren.
Esos chicos de 15 y 16 años siguen construyendo una vida en mi imaginación, viajo con ellos de vez en vez, hoy fueron un alivio. Vuelvo a casa porque los mosquitos están insoportables. Mi familia me espera a comer, ya tengo 23 años y creo que la adultez es cuestión de actitud y que el amor es cosa de coordinación, no hay personas adecuadas sino un momento adecuado para dos.
Los vacíos
Los vacíos (primera parte: “Consuelo”)
El desconocido se acercó y le entregó un papel. Consuelo no entendía nada.
-¿Quién es usted? ¿Qué hace acá?
-Él me pidió que te diera esto, para que lo leas. Me lo dijo todo a mí, y yo tomé nota.
-Pero… ¿ahora? ¿No ve que estoy ocupada?
-Él quiere que lo sepas.
-No me importa, tengo que…
-Leélo, no quiero soportar a ese alcohólico otra vez. Sinceramente, a mí él no me interesa, lo que más deseo es que la gente como él se muera, pero lo veo poco probable así que espero sacármelo de encima con esto. Leélo, haceme el favor.
-Increíble… Está bien, espero que sea corto.
Consuelo le arrebató el papel con prisa. Leyó: “No puedo decirme un hombre perspicaz. Cuando advertí mi inadvertencia hacia todo eso de ella que era tanto, ya mi cuarto estaba hacinado, polvoriento más que de costumbre y doliente por la ausencia de sus rastros. La utilicé. Su sexo en principio, su capacidad artística luego, la utilicé hasta económicamente, llegué a hacerla mi punto de catarsis. Una vez gastada su solidaridad, paciencia y promiscuidad me torné desesperado por redimir mi ultraje. La había vaciado y en compensación quise entregarme entero. Mas me ignoró, y no insistí.” Y continuaba: “Me retuerce el cerebro no saber si querrá quitarme una última noche para ella. De ser así, la buscaría hasta en la más minúscula rendija del planeta, para que me vacíe de toda mi vida despierta, de toda mi existencia sonámbula en una sola noche que pueda recordar.”
-¿Eso es todo?-Consuelo preguntó al desconocido-
-Sí, espero que no me mandes con ningún recado, porque no soy celestino de nadie, y quiero terminar con este tipo de una vez.
-No tengo nada que decirle, ahora por favor váyase, estaba por…
-¡Qué panza piba! Parece que se te va a salir en cualquier momento.
-Claro, ¡estaba por parir! ¡Váyase! ¡¿Siempre tiene que imponerse él antes que los demás?!
* * *
Despertó, la habían anestesiado mal, si bien no era necesario. Continuaba en la camilla, desnuda en lo absoluto, con las piernas levantadas, abiertas y atadas a los hierros con cintos, los brazos a los costados, también amarrados, ya color violeta de hematomas. Las otras se hallaban en la misma situación. La sala de parto era un pabellón largo, sin divisiones, las camillas se enfrentaban unas con otras. Consuelo observaba su entorno y le parecía estar rodeada de espejos que reflejaban cada humillante ángulo de su vulnerabilidad. Aquellos eran altares de sacrificio, con mujeres desnudas, estaqueadas, con panzas contrayéndose, suplicando respirar. La parturienta que no gritaba de dolor y desesperación, cerraba la garganta por miedo a las nalgadas, se limitaba a llorar en chilliditos. Los médicos pasaban indiferentes, inspeccionando de reojo. Las parteras mandaban allí, gozaban el apogeo de su crueldad.
-¡Si no se callan se las van a arreglar solas! ¡Nosotras sabemos bien cuándo van a tener! ¡Todavía les falta!
-Ah, pero bien que les gustó coger… ¿les gustó? ¡Ahora se la aguantan! ¡¿Por qué no gritaron antes?! ¡¿Quién les mandó a abrir las piernas?!
-¡Por putas les pasa! ¡Por putas!
La panza de Consuelo punzaba y punzaba. El dolor aumentaba, más seguido, más rápido, más prolongado. Miró a la muchachita de al lado rogando atención, y a una partera acercándosele:
-¿Y ahora qué te pasa a vos? ¿No ves que parecés una loca?
-¡Por favor, me duele mucho! ¡No aguanto más!
-Lo hubieras pensado antes, pendeja.
-Me voy a morir… me voy a morir…
-A ver, te reviso así dejás de joder.
La cincuentona mujer, en una maniobra brusca, le introdujo los dedos índice y anular profundamente en la vagina, provocando un aterrador grito en la muchachita. Por las monstruosas gesticulaciones, tanto en su rostro casi infantil como en lo que podía, por estar atado, su menudo cuerpecito, parecía que el sudor y las lágrimas le carcomían la carne.
-¡No, no, no! ¡Por favor, despacio!
-Hace veinticinco años que trabajo de esto, ¡yo sé lo que hago!
-¡Aaaaayyyy! ¡Aaaaah!
-¡Tenés seis de dilatación! ¡Dejate de joder! ¡Gritás como si tuvieras nueve!
Consuelo comenzó sentir que la panza se le desgarraba. Ya no observó más nada, si bien ahora escuchaba algunos llantos de bebés y plegarias inútiles entre tanta inhumanidad.
-Te lo ruego… mostrámelo, quiero verlo…
-Ya te lo van a traer después. ¡No molestes! ¡Te estoy cosiendo!
-Dejame ver a mi bebé…
-¡Basta! ¡Dejá de llorar! Si nadie te lo va a robar, que lo veas ahora o más tarde es lo mismo.
Consuelo ya no pudo mantener el ejercicio de respiración, el cuerpo se le iba a abrir al medio, y le brotaba de la nada una fuerza incontenible, induciéndola a pujar. Desató la garganta a las súplicas.
-¡Voy a tener! ¡Va a nacer! ¡Ayuda!
La misma partera que asistió a la muchachita de al lado se le aproximó, mientras masticaba una empanada, para regañarla, contradecirla y escupirle restos de carne.
-Terminala, estamos cenando. Estoy acá desde la una de la tarde, son las once de la noche y quiero comer tranquila.
-¡Pero va a nacer! ¡Quiero pujar!
-¡Aguantate! Vos estás de siete meses, nena. Rompiste bolsa pero no puede ser que nazca tan rápido, no hace ni media hora que estás acá.
-¡Quiere nacer! ¡Por dios se lo pido! ¡Ya no puedo!
-¡No pujes! ¡Cruzate de piernas y aguantá! Ah, no… cierto que estás atada. Bueno, tratá de no hacer fuerza. ¡Dejá de pujar te dije!
-¡Por favor…! Quiere nacer…
-¡Bah! ¡Hacé lo que quieras! No sé para qué me gasto en explicárles…
-Quiere nacer…
La partera se fue. ¿Qué sentido tenía comunicar que lo único que Consuelo necesitaba era una mano que tomara la suya o acariciara su cabeza? Resistió bastante pese a estar en ayunas, pero gastó toda la energía cósmica de su deseo de parir y de la vida implorándole en el vientre, pujo tras pujo. No salía. Y se desvaneció en el desamparo.
Cuando despertó, aún permanecía en el mismo lugar, pero el peso de su barriga había desaparecido. Extrañamente no se sentía aliviada. Ya no percibía la denigración que implicaba la desnudez forzada. Otra partera, no la última que recordaba, le higienizaba los genitales.
-¿Y mi bebé?
No le respondió, ni siquiera la miró.
-¿Mi bebé? ¿Dónde está mi bebé?
-No pudo nacer, nena.
-¿Cómo? ¿No nació? Pero… no tengo panza, no le entiendo. ¿Cómo que no nació?
-Eso pasa cuando son primerizas. No saben nada, no saben parir, y la criatura no sale. Encima te desmayaste, ¿sos media debilucha vos, no? Así, ¿cómo iba a nacer?
-¿Qué? ¡¿Qué?! ¡¿Dónde está mi bebé?!
-Pará, pará, no grités. Te estoy diciendo lo que pasó. El pibe se asfixió. Quedó con la cabeza para afuera nomás, no pudo salir entero, se asfixió. Vos también… hubieras avisado a tiempo.
-¡¿Pero qué dice?! Si yo… No puede ser… mi bebé… mi bebé… ¡¿Dónde está mi bebé?!
-¡Ya te dije! ¿Sos sorda? ¡Se murió!
-¡Pero igual! ¿Dónde está el cuerpito? ¡Quiero verlo!
-Querida, ya te vaciámos…
-¡¡Quiero ver a mi bebé!!
-¡Que ya te vaciámos! ¿No ves que estás vacía?
-¡¿Qué hicieron con mi hijo?! ¡Tráiganmelo!
-Qué sé yo, nena… estará en la basura.
-¿Qué?
-De acá fue al tacho, ya se lo deben haber llevado.
-¡Hijas de puta! ¡Era mi hijo! ¡¡Era mi hijo!!
-No, no, con insultos no, acá nadie tiene la culpa de nada. En los hospitales públicos todas se hacen las guapas, ¡andá a hacer este escándalo a un privado! Para la próxima aprendé a tener hijos.
-¡Callate hija de puta! ¡¡Quiero a mi bebé!!
-Bue, si te vas a poner así llamo a las enfermeras para que te seden. Esto es un hospital, no un loquero.
No le sirvieron de nada a Consuelo los intentos de forcejeo con las enfermeras y con las jeringas, pues continuaba atada. El sedante hizo efecto inmediatamente.
* * *
Volvió a despertar. El llanto de un bebé la asustó. Era de madrugada. Ya no estaba atada, pero le dolían las muñecas, los brazos, los tobillos, tenía las piernas entumecidas. La fiebre quemaba; los pechos le explotaban de leche, en vano. Al menos ahora la cubría un camisón. La habían alojado en la sala de maternidad. A sus costados la custodiaban dos madres meciendo a sus hijitos recién nacidos. Durante unos minutos contempló la oscuridad del cuarto. Advirtió la soledad del pasillo. Dentro de ella, Consuelo se dijo a sí misma: “No voy a ser mi propia verduga enloqueciéndome aún más acá.”
Se levantó. Salió al pasillo. Huyó del hospital. Apenas lograba caminar, y con cada movimiento un torrente de sangre se vertía entre sus piernas, empapando el camisón blanco. Fue hasta su casa. Rompió una ventana a cascotazos para entrar. Tomó el revolver guardado en el placard; ése con el que intentó suicidarse antes de saber que estaba embarazada, y del que, por suerte, no se deshizo. Buscó papel y lápiz en una caja repleta de dibujos suyos en carbonilla. Escribió una nota y la guardó en su puño. Emprendió hacia la calle otra vez. Tenía bien en claro dónde debía ir. Uno que otro vecino se asomó ante el ruido de los cascotazos, para luego retornar sin sobresaltos a la cama. Tan sólo era Consuelo, a los tumbos, armada, chorreando sangre por el camisón.
Los vacíos (segunda parte: “La última noche de ella”)
Se sirvió el séptimo vaso de whisky. En minutos, se quedaría dormido en la mesa y luego su destino dependería de algún conocido en el bar, pues a su fastidioso acompañante lo tenía allí por otros motivos.
-¿Por qué no lo bajás con algo? Estás tomando whisky puro.
-No me jodás, ni siquiera te conozco, ni siquiera sé si sos real.
-Andate a la mierda, me voy a otra mesa.
-No, no, no, quedate conmigo. Todos se van, todos me dejan, vos aunque sea quedate un rato.
-Y…fijate vos por qué todos te dejan. Siempre soberbio, desagradecido, egoísta, pisoteando a…
-Pará, pará. Me duele mucho la cabeza…
De un trago brusco vació otra vez el vaso. Miró a su acompañante, todavía estaba ahí aunque algo borroso. Miró la botella, quedaba poco whisky, y se abrazó a ella procurando no se escapara. Así por fin decidió revelar su aflicción.
-¿Me hacés un favor? ¿Me escuchás? Escuchame…
-Te escucho. Si al fin y al cabo estoy acá para eso, para eso me trajiste, toda esta situación es una excusa, tu borrachera es una excusa, sos un farsante. Sólo de este lado te podés animar a decir lo que no le contaste a nadie por no tener pelotas. Ah, cierto, si te quedaste solo, ¿a quién se lo vas a contar? Para eso estoy yo que, real o no, me conozcas o no, no tengo muchas posibilidades de escaparme.
-Si, ya sé, tenés razón… estoy cansado, escuchame…
-Dale, con suerte esta noche te morís y ya no voy a tener que soportarte. Todos éstos son iguales.
-Tomá, acá tenés papel y lápiz, escribí lo que te voy diciendo, y dáselo a ella, para que lo sepa.
-¿Pero cómo…? Ay, borracho desequilibrado. ¿De qué manera pensás que voy a poder…?
-Shhhh, shhhh, vos escribí y escuchame…
-Bueno, dale, dale, vos manejás los hilos de todo esto. El problema es que se te olvida que de tanto abuso se cortan.
Tras acurrucarse en la mesa, bien abrazadito a su botella, comenzó.
-No puedo decirme un hombre perspicaz. Cuando advertí mi inadvertencia hacia todo eso de ella que era tanto, ya mi cuarto estaba hacinado, polvoriento más que de costumbre y doliente por la ausencia de sus rastros.
-Mirá vos qué poético el ebrio…
-¡No interrumpas! Seguí escribiendo. La utilicé. Su sexo en principio, su capacidad artística luego, la utilicé hasta económicamente, llegué a hacerla mi punto de catarsis. Una vez gastada su solidaridad, paciencia y promiscuidad me torné desesperado por redimir mi ultraje. La había vaciado y en compensación quise entregarme entero. Mas me ignoró, y no insistí.
-¿Y qué esperabas? Los demás no pueden estar a disposición de tus tiempos, a mí en este momento no me queda otra pero…
-Basta, callate, ¿no entendés?
Rompió en un llanto demoledor. Los labios le temblaban, las manos le temblaban, los ojos le temblaban. Era patética la escena de verlo intentar aquietar su cuerpo esforzando su inútil motricidad; se trataba de la miserabilidad personificada.
-¡¿No entendés?!
-Bueno, calmate. Está bien, no hablo más. Hablá vos. Yo escribo todo, calmate.
Después de unos instantes, tan sólo subsistía un sollozo. Casi se quedó dormido en su penar, pero advirtió que no había terminado de confesarse.
-Si bien no lo recuerdo con exactitud, sé que nuestro último beso fue mucho antes de que ella se fuera de mi rutina. Pero de lo que no tengo registro en lo absoluto es de mi última noche de ella. Supe que se atrevió a remediar su vacío llenándose la barriga con un crío de otro hombre. Deduzco que ya no le importo.
-¡Me irrita tu incapacidad de asumir que el tiempo pasa y las cosas cambian! Disculpá, te interrumpí de nuevo.
-Pero es que me retuerce el cerebro no saber si querrá quitarme una última noche para ella.
-¿Y eso de qué te sirve?
-De ser así, la buscaría hasta en la más minúscula rendija del planeta, para que me vacíe de toda mi vida despierta, de toda mi existencia sonámbula en una sola noche que pueda recordar.
-Mirame pibe, mirame a la cara. Los dos lo sabemos muy bien. Si la encontraras, tu falta de perspicacia ignoraría la ocasión. Simularías no verla, después la saludarías al pasar, medio sorprendido, como de casualidad, sin detener el paso, continuando tu camino, para seguir buscándola. Nada más ella puede encontrarte a vos, si es que quiere.
No pudo contrariarlo, además los párpados le pesaban por demás. Dentro de él se dijo a sí mismo: “Siempre fui el creador de mis verdugos.”
-Igual, quedate tranquilo. Acá tomé nota de todo. No sé cómo, pero se lo hago llegar.
-Gracias…gracias che…
Se durmió así, abrazadito a su botella, con los ojos hinchados y la cara pegajosa. Durmió de esos diez o quince minutos interminables, en los que caben desde cientos de horas hasta cientos de años.
* * *
Un disparo lo despertó asustado. No veía nada, todo era oscuridad. No estaban ni el bar ni el whisky ni su acompañante del que no se acordaba el rostro. Se hallaba en su cuarto, acostado en su cama, desnudo, sudoroso, ardiendo en fiebre. Sintió un chiflete gélido. El vidrio de la ventana estaba roto. El disparo había sido real. Se levantó y caminó sobre los cristales sin notar que lastimaban sus pies. El terror absorbía toda su atención. Al asomarse, vió parada en el portón de su casa a una mujer deteriorada, en camisón, empuñando un arma. Ella también lo vió, y entonces se voló la cabeza. Él salió corriendo hacia la calle. La desesperación anuló la sensación impúdica de la desnudez en plena vía pública. Una vez junto a ella, pudo reconocerla.
-Consuelo, ¿qué hiciste? Mi Consuelo, ¡Consuelo!
El camisón de Consuelo continuaba ensangrentándose por el medio de sus piernas. Allí sangraba más que en el agujero del cráneo. Dentro de su puño cerrado tenía un papel. Él se lo quitó. El papel decía: “Lo único que no me habías dejado vacío fue el vientre. Pero ahora soy sólo un hueco. Como siempre, tu entendimiento llega tarde y es inoportuno. Esta noche es mía. No la vas a olvidar. Tu egoísmo se vuelva vacío.”
Ya no hubo escape alguno.
* * *
Inmutable, parado bajo el sol, en el patio del manicomio, se muerde la lengua al no poder gritar que le brota en la ingle la sangre de su hijo y de Consuelo.