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Vida, calles, Hospital de Mariano Quiroga

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“Yo no quiero ninguna máscara, ningún simulacro. Vivo al borde de mi fragilidad…”
Mariano Quiroga; Vida, calles, hospital. Ed Milena Caserola y El Asunto, 2009.

Vida, Calles, Hospital es el nuevo libro de Mariano Quiroga. Hace una semana Mariano presentó su libro en el Centro cultural Pachamama (“El pacha” para los amigos). Del evento participaron Ioshua, Klaudia con K, Sebastián Kirzner, Mónica Torres, Ezequiel Romero, Crau Hertt y la música, que tampoco faltó, estuvo a cargo de “Suaves dedos finos”.

Con motivo de la presentación reciente no podía dejar pasar la oportunidad de escribir una suerte de “reseña-crítica” de este libro.
Aunque es difícil entrar a la literatura de Mariano, porque se podría entrar por cualquier lugar, de sus varias temáticas sólo tomaré algunas y el resto se lo dejo al lector.
Maneja muy bien sus propios espacios poéticos y los define. La exterioridad está a flor de piel y la interioridad también:
Siempre tuve mi mundo particular.
Un espejo de mi propio interior
afuera de mi propio ser .

La vida, la muerte y el sexo parecen convivir en un mismo círculo dentro del mundo del autor: “la pija de dios” (que por momentos también es “la pija de Mariano”), la misma que significa vida en este mundo poético, también es muerte. Hay una vinculación explicita entre la moral y lo que se puede decir: “soy puro y puedo decir pija”; entre vida, sexo y moral.
El hospital: lugar público donde la vida y la muerte son dualidad latente.
Vida, dice el título, y en la contratapa nos encontramos con este verso: “Soy el asesino de mi intimidad”.
La vida poética del libro está viciada por lo exterior y lo interior. Lo íntimo se hace público, recorre las calles, el puterío, el hospital. Se asesina el estereotipo del escritor meramente ficcional. Detrás de los versos y de la prosa de Quiroga hay vida, biografía y dolor. ¿Quién no sufre en estos tiempos?
Pero el libro no es sólo eso: también es cultura rock; no sólo porque nombra personajes típicos del rock como Keith Richards, Pappo, chicas stonas y otros tantos, sino porque es rebelde y juega con lo que hay en las afueras y adentro, en la calle y en el interior de la individualidad del que escribe. Observa desde una mirada rebelde, putea al mundo que existe en sus ojos y en la materialidad que lo circunda. Aunque a veces pareciera irse de mambo con las puteadas, este autor está logrando algo…
Y cuando hablo de rebeldía me refiero a poemas como Antología de la poesía moderna:
Culo
Pija
Teta
Concha
Mierda
Ah!
¡Estoy borracho puto!
O textos geniales por lo desubicado que pueden resultar dentro de lo que uno espera en un libro de poesía y cuento. Textos como Spam o Subliminal, y muchos otros.
El autor de Mierda, Canciones y Formas de morir, logró en este libro algo particular porque es múltiple: te cachetea por varios frentes y te sensibiliza. A veces de manera genial y otras no tanto, pero aun así es recomendable. Podés admirarlo, admirarlo sólo en parte o criticarlo, pero en definitiva es un libro de un autor que está haciendo su camino literario hoy.

Un aplauso para Mariano Quiroga, escritor, músico y amigo Indie, esperamos muchos libros más de este autor. Pronto también nos deleitara con su primer disco. ¡Desde Escrituras Indie brindamos por Mariano y su arte!



Nadia Caramella

Un hospital peor

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Los hospitales son lugares donde la muerte se vive a cada momento. Donde la gente la ve de cara a cara, y no le escapan.
Se les mete en el cuerpo y los doma. Desde la ventana de mi oficina se ven los internados de terapia intensiva. Les meten tubos y los limpian. Cuando queda una cama vacía en un hospital es porque el paciente se fue o se murió. Se van unos días a dormir tapados con sus sabanas de plástico negro a la heladera. Después el camión los viene a buscar y los lleva a pasear por la cuidad. Hasta que les dan tierra y nunca más nadie se acuerda de ellos.
La última vez que entre en el salón, era un montón de camas haciendo fila con hombres desnudos y entubados. Nunca antes había visto tanta gente desnuda y depilada toda junta. Las enfermeras, vestidas de verde, como si nada, paseaban regalando caramelitos de colores a los inmóviles moribundos. Todos sabemos en el hospital, que de terapia intensiva solo se sale a ver crecer las flores desde abajo.
Ahí estaba un Juan cualquiera con el tubo mas grande que haya visto, metido en la pija. Elefante moribundo. Atado a una maquina que lo mantenía vivo. Con ese tubo grueso como una lapicera. Desnudez y muerte. Pastillitas de colores. Las enfermeras indiferentes.
Hoy en mi ventana hay una cama vacía. La señora tenía una hija hermosa y llorona que la besaba y le agarraba las manos. Velorio adelantado en el hospital. En los pasillos se amontonan los médicos con el prontuario de los enfermos. Algunos están condenados a vivir enfermos. Pero son un número, cada día los cuentan y los analizan. Acostumbrados a la muerte, ya no se sonrojan los médicos ni los pacientes.
En las autopsias, como en las panaderías se preparan los chanchos, destripan a la muerte que se metió en el cuerpo. Seccionan, destruyen, analizan. El vicerador, segmenta, hace fetas de jamón cocido con la carne. En los hospitales, las malas noticias son como el pan. El dolor es cotidiano. La muerte es como el sol. Los dializados y los crotos se juntan en la misma mesa. Y no importa si tenes plata.
Todo esto es porque la gente tiene la costumbre de morirse y desmayarse. Agarrarse alguna enfermedad. Tiene la mala costumbre de envejecer y enfermarse.
Nos educaron para no mirar el abismo. Y morirnos sin haber muerto alguna vez en una esquina, de dolor o muerte, de frió al menos. Morir, después de transcurrir 80 años, en un devenir absurdo. Absurda flor. Absurda fruta. Los médicos dan las muertes como noticias radiales. Pero no hay otra forma. La muerte esta viva rondando los muros azulejados de los hospitales.
Es un lugar donde uno puede llorar sin ser visto. Pero no importa donde ni como ni cuando, todos somos anónimos, extraños y olvidados. Y el mundo es un hospital peor.